Rincones que abarcas

Caminábamos por la alameda. O yo soñaba que lo hacíamos otra vez hoy, como acostumbrábamos a hacer. Como hicimos durante dos años de inmensidad y creciente felicidad. Camino y te siento a mi lado pero tú ya no estás. Tu silueta sigue acompañando mi lento caminar mientras veo como los niños juegan en esos cachivaches de colores o se comen una nube de azúcar. Las abuelas hablan de la vida y un mecánico está con la radio encendida debajo de una guagua reparándola. El mundo avanza sin pausa, pero tampoco tiene prisa, no se detiene pese a las angustias y las desesperanzas, la soledad y los murmullos de esta pequeña lluvia que empieza a caer, y yo en mitad del paseo, dejo a los lados el carril-bici y continúo viendo como a través de la luz de las farolas se observa la sutil lluvia que cae inerte en el suelo, que muere en mi abrigo.

Y deambulo solo y te recuerdo y suspiro y en mi deseo, en mi sueño mitad vivo mitad muerto te veo cruzar la avenida con tu fragilidad a cuestas envuelta en ese abrigo tan feo que te regalé porque te empeñaste en nuestras últimas vacaciones en la Sierra. Tienes los labios pintados y no has dormido bien, fiel reflejo de las ojeras hermosas que tienes, sigo tus pasos embrujado por la cadencia de tus caderas. Llueve más fuerte, pero ya nada importa. Ni los gritos de los niños, ni el mecánico, solos tú y yo en fiel preámbulo de un reencuentro tan soñado como sorprendente.

Cruzas la calle y llegas a la avenida del mar, allí donde una vez asomados gritamos al mar que nos mostrara sus sueños, que se desatara de su maleficio y nada conseguimos pero nos reímos y nos besamos que al fin y al cabo era simplemente lo que queríamos. Cruzas la calle y ves a un chico que te saluda y te besa. Y yo agazapado lo veo. Tú a mi no, nunca lo sabrás, nunca sabrás que soñé con tu pelo en mi hombro una noche más, nunca volverás a dejarte llevar por mi mano en una calle sin nombre a una pensión de cuyo nombre no quiero acordarme donde perdamos el norte y algunos billetes. No podrás volver a reír con mis chistes sin gracia y no nos colaremos en el cine, por esa salida de emergencia por la que entrábamos, pero sobre todo, no volveremos a pasear por esta alameda en un día de lluvia, como un domingo eterno, ni a jugar a las palabras encadenadas mientras nos comemos una nube de algodón y vemos como los niños se ríen y juegan en esos cachivaches de colores.

He perdido una zona de mi ciudad, un rincón que siempre tendrá tu nombre.

Una respuesta para “Rincones que abarcas”

  1. Beni Dice:

    De tu hermoso texto destaco la imagen sonora y gráfica del mecánico arreglando la guagua con la radio encendida, creo que con ella consiges transmitir la cotidianidad, la serena vida de la calle,… en fin, la belleza de las cosas cotidianas, pequeñitas…

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