Háblame mirando la rosa I
A Pedro
Háblame mirando la rosa
para yo tener sus pétalos
en tu boca.
Háblame
con esa voz tuya al óleo,
esa voz
que me llena
de colores los ojos.
Háblame mirando la rosa I
A Pedro
Háblame mirando la rosa
para yo tener sus pétalos
en tu boca.
Háblame
con esa voz tuya al óleo,
esa voz
que me llena
de colores los ojos.
Este cielo es un océano de basalto,
un volcán indigesto de gases tintineantes,
negros ojos de muerte,
y muerte de extrema lejanía.
Esta bóveda de pájaros celestes,
mare nostrum,
surca los mares de la ardiente vela de Roma.
Y mientras tanto,
yo espero insomne el oscuro amanecer de mi sueño.
Y juro que cuando no tenga más cuerpo
que tus manos y las mías,
más manos que los versos metálicos de mis nueve puertas…
cuando no tenga ya más manos que las propias
y no mienta
más de lo que miente el poeta y el borracho,
sin más grito que el aullido de la luna
y mi copa rota,
entonces y, sólo entonces,
juro…
¿Salimos esta noche?, preguntas
mientras disparas tu mirada contra la mía.
Princesa -respondo-, esta noche tengo dos asuntos urgentes:
un viaje a Roma
y un exorcismo pendiente contigo.
Si sobrevivo, espérame
donde siempre,
en el vientre de la ciudad blanca,
entre las ramas infinitas del mar,
en ese lugar
donde nunca nos hemos encontrado.