¡Cuánta soberbia sus cuerpos erguidos
esculpidos a golpes de escoplo y martillo!
¡Cuánta fuerza la de sus piernas,
sus brazos, hombros y espaldas:
verdaderos cimientos, columnas,
vigas y techos de las casas de mi ciudad!
Cuánto amor, de barro y cueva, sus manos en el hierro,
en el cmento, en la arena y en el agua, amasando,
encofrando encalando y enhebrando.
Cuánto saber milenario
delinear, trazar y construir
el espacio de los sueños.




Junio 7, 2008 a las 1:27 pm |
Original, gran final, por un instante diéronme ganas de ser albañil.