En la vibración del aire, la capilla
del viento, en el reverso de la claridad del día:
la copa de la cúspide de luz,
la cumbre de la noche boca abajo,
el fardo destripado de la niebla en los álamos,
el pendiente del cielo deshilachado: chopos,
chopos en la túnica de la noche vendimiada,
¡tiempo del trigo y el mosto, tiempo de langostas!
Al borde del cielo zumban, en la línea
del horizonte rojo saqueado por el sol,
la osamenta de la noche en llamas.
Al vértice del aire, vivirá el aire,
en el cerco de cúpulas del viento.




Junio 14, 2008 a las 12:04 pm |
Aquí está su espacio Beni, espero que le agrade
lo he adornado con campo,
trigo, mosto y cielo.
Junio 15, 2008 a las 1:26 am |
Yo no sé lo que tiene la noche
ni tampoco sé lo que tiene el aire,
yo sólo sé lo que yo soy sin noche
y lo que yo soy sin aire.
Sin la noche no puedo soñar,
mi alma se muere de sed por el sendero;
y sin aire no puedo volar,
mi alma se vuelve loca por suelo.
Yo no sé, no sé lo que tiene la noche
ni sé lo que tiene el aire, yo sólo sé,
que he de ingerir la noche de la copa de mi pecho
y he de ingerir el aire de la copa de mi boca.
Junio 16, 2008 a las 11:16 am |
Invierno
Precisa cual la escarcha, noche estricta,
Árboles: alegorías del camino.
La luz, cuajada, este silencio dicta.
Mi ser todo renuncia a su destino.
Autor: Pere Gimferrer
Junio 17, 2008 a las 12:36 am |
La noche me amansa en la tenue luz
de la magua; la magua que me llena de agua
y me desliza serena por todas las aguas:
las aguas de los árboles, de las montañas,
de las piedras, de los pájaros, de las flores,
de las playas, de las aguas.
La noche me llena de agua: me sarandea,
me despoja, me grita, me tira y me deja
en la cristalina luz del agua.
Junio 17, 2008 a las 11:34 am |
Arde el mar
Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros
Autor: Pere Gimferrer
Junio 18, 2008 a las 9:41 pm |
Mujer salinera con vestido de lino blanco
entre molinos de agua y montones blancos de sal.
Un barco en el muelle descarga pescado y carga sacos de sal
una casa blanca en la salina en la primera planta la sal
en la segunda apoyado en el barandal el hombre salinero
de pantalón de lino y alpargata de soga.
Cae la luz roja del crepúsculo se encienden las palmatorias
huele a candil. Sube y baja la marea se posa la luna llena
se apagan las velas.
Se diluye la madrugada se encienden las velas la luz del alba
por el horizonte salino sale el sol barcas de pescadores en la mar quieta
gaviotas blancas en los cayaos aves migratorias en las marismas
y flores blancas en los tarahales.
La mujer en la salina coge las flores de sal
el hombre en la salina abre las compuertas al mar.
Junio 19, 2008 a las 12:26 pm |
Rondó
Quisiera tener un revólver para escuchar solamente
el sonido de la sangre, y saber que no moriré:
que el chasquido de las cápsulas o el fogonazo sulfúreo,
como guardado por ángeles, no arrasarán mi jardín.
Qué claridad de relámpagos cuando mis ojos se cierran.
Tan cercanas las imágenes del amor, aquí, en mi pecho,
como canto de sirenas o recuerdos de niñez.
Con paso quedo, despacio: no despertéis a las rosas.
El momento de la lluvia tras los cristales velados,
y el momento en que se escuchan tu mirada y tu sonrisa,
y el momento en que tu voz descubre cielo y planetas,
y el momento en que tu piel gime un fulgor susurrante,
y el momento en que tus labios, y tus ojos, y la lluvia…
Quisiera tener un revólver para escuchar solamente
el sonido de la sangre, y saber que no moriré.
Autor: Pere Gimferrer
Junio 19, 2008 a las 11:57 pm |
Quisiera un instante ensordecedor de rayos y truenos.
Quisiera también un instante devastador de terremotos;
y también un instante devastador de huracanes
y un instante devastador de maremotos
y, en ese instante, quiero, juntos, mi hombre y yo
para ver cuán silencio ensordecedor
tengo yo en los ojos de mi hombre matemático;
cuán protección de pilares milenarios tengo yo
en las neuronas de mi hombre planetario;
cuán pasión incendiaria devoradora de agua tengo yo
en el corazón y pecho del hombre donde yo piso la tierra.
Junio 22, 2008 a las 6:20 pm |
Acto
Monstruo de oro, trazo oscuro
sobre laca de luz nocturna:
dragón de azufre que embadurna
sábanas blancas en puro
fulgor secreto de bengalas.
Ahora, violentamente, el grito
de dos cuerpos en cruz: el rito
del goce quemará las salas
del sentido. Torpor de brillos:
la piel -hangares encendidos-,
por la delicia devastada.
Fuego en los campos amarillos:
en cuerpos mucho tiempo unidos
la claridad grabó una espada
Autor: Pere Gimferrer
Junio 23, 2008 a las 10:38 pm |
¡Qué vengan los monstruos de la luz
e incendien la oscuridad de las sábanas!
¡Qué vengan las revoluciones volcánicas
e incendien las tapias de los orificios neuronales!
¡En erupción! ¡En erupción los cráteres
de los volcanes amordazados en los orificios carnales
expulsando con su lava los falsos mil ángeles
y en ceniza las cruces de sangre!
Qué vengan, qué vengan los monstruos de la luz
con los ángeles de los árboles.
Junio 27, 2008 a las 7:24 pm |
Conjuro
Los guerreros más augustos ya son sombras
bajo la sombra del viejo encinar.
Cárdena crepita la noche.
Latigazos, ladridos, remotos rayos.
Chirrían las cornejas en el pozo ciego.
Guiarán al manso corcel de hielo.
La tormenta. El sol verde de aguas negras.
No me conozco. Es un lago el pecho muerto.
Bajel de oro, cadalso prieto del día.
Mi cuerpo, como la cuerda de un arco.
Ya labora el invierno, cuando rasga
las cortinas, teatro del mar.
Se enmascara tras las nieblas densas.
Arquero negro, detén tu paso.
Petrifícase el arquero de azabache.
La saeta conoce el derrotero.
Palmo a palmo mensuramos la fosa.
Fango y hojas nos daban la yacija.
Arde y arde el guante de oro del barquero.
La laguna, de nieve y azafrán.
No pensabas que fuera así de blanca.
Ahora vienen las huestes. Cielo allá,
las huestes vienen. Verdor de la encina
en los ojos vacíos, de cal llenos.
Autor: Pere Gimferrer
Junio 29, 2008 a las 10:06 pm |
Anclado, con toda la sangre en el pecho,
se arranca, de cuajo, las vergas del arco;
empuja hacia dentro la carne herida,
y, hacia fuera, en mortal bala certera,
el centro, contra el pecho del arquero.
Cae muerto el invasor. Vive el libertador
del propio cuerpo prisionero.
Augusto emperador de su pecho,
vencedor de sangrienta batalla,
arranca en el bosque las corazas
de musgo y la hojarasca.
Junio 30, 2008 a las 1:23 am |
Muy interesante Beni. Imágenes de doble lectura, según se mire. Muy interensate, sí señor. Crudo, febril, épico.
Junio 30, 2008 a las 3:48 pm |
En la vibración del aire, la capilla
del viento, en el reverso de la claridad del día:
la copa de la cúspide de luz,
la cumbre de la noche boca abajo,
el fardo destripado de la niebla en los álamos,
el pendiente del cielo deshilachado: chopos,
chopos en la túnica de la noche vendimiada,
¡tiempo del trigo y el mosto, tiempo de langostas!
Al borde del cielo zumban, en la línea
del horizonte rojo saqueado por el sol,
la osamenta de la noche en llamas.
Al vértice del aire, vivirá el aire,
en el cerco de cúpulas del viento.
“Cosecha” Pere Gimferrer
Julio 1, 2008 a las 1:31 pm |
Cunnus
¿Si una flor sola, sólo un ramillete,
un susurrar de rubio se desliza,
si sólo en este pliegue un oro iza
el vértice de luz de tu florete?
¡Si no puedo decirte “Ven” o “Vete”,
si con mirarte mi ojo ya agoniza,
si tu pubis me borra como tiza,
si mi mástil navega ya sin flete!
¡Si sé decir que quiero que me digas
qué inflamarán en mí tus chimborazos,
de qué debo morir entre tus brazos
por la luz de los nardos y las higas,
de qué debo morir si en mí perdonas
la cortesía al aire que coronas
con la fulguración de tus espigas!
Autor: Pere Gimferrer
Julio 2, 2008 a las 11:03 pm |
Te podría decir ¡tantas cosas!
Te podría decir, mi boca en tu boca
después de acariciar tu rosa;
también, te podría decir, mi boca
en tu boca después de beber en tu copa ….
Te podría decir, amor, ¡tantas cosas!
después de ¡tantas veces en tu rosa
y ,tantas veces, beber en tu copa, amor,
que, yo, ya no sé qué decirte que tú
ya no sepas, por mi rosa y por mi copa.
Julio 4, 2008 a las 7:20 pm |
Madrigal
Amor, con el poder terrible de una rosa
tu piel tensa me ha saqueado los ojos, y es demasiado claro
este color de velas en un mar liso. ¡Dulzura,
la tan cruel dulzura violeta
que las nalgas defienden, como el nido de la luz!
Porque una rosa
tiene el poder de la seda: tacto mortal, estíos
agotadores, con el grueso de un tejido rasgándose,
la claridad estrellada en las cornisas
y el cielo, ventana allá, con negrura de desagüe.
Por la noche, el hombre
de anteojos ahumados, en la cocina de gas,
acaricia los enseres de Auschwitz, las tenazas alquímicas,
las ampollas de cal. Amor, el hombre de guantes oscuros
no arrasará el color de valva de un vientre,
el regusto de ginebra y aceitunas de la piel;
no arrasará la luz de una rosa inmortal
que la simiente deshoja con pico tierno.
Y ahora veo a la garza
real, cruzándose de alas en la habitación,
la garza que, con la luz que capitula,
es plumaje y calor, y es como el cielo:
sólo claridad marina
y después un recuerdo de haber vivido contigo.
Autor: Pere Gimferrer
Julio 7, 2008 a las 10:07 pm |
Si, de la tumba del dictador,
no salen mariposas, porque la muerte,
en la muerte, sólo es muerte;
y, si a los campos llegan siempre
mares de mariposas
desde las augustas calaveras
de Miguel Hernández y Lorca;
entonces, ¿qué tendrán los amantes
desde las tumbas de sus amantes muertos
bajo un cruel cielo en guerra? Pétalos húmedos
de rosa.
Julio 15, 2008 a las 6:57 pm |
Dido y Eneas
I
Esta bien y es una norma: fuera del paraíso,
recordando, no a Eliot, sino una traducción de Eliot,
(nuestra vida como los pocos versos que quedan de T. E. Hulme)
las naves que conducen a los guerreros difuntos,
(qué dios, qué héroe bajo los cielos recibirá esta carga),
la madera clafateada, el chapaleo las oscuras olas,
avanzando, no hacia un reino ignorado, no hacia el recuerdo o la infancia,
sino más bien hacia lo conocido. Así vuelve de pronto Milán,
una noche, a los dieciséis años: luz en la luz, relámpago,
rosa y cruz de la aurora (los tranvías, disueltos en el crepúsculo,
de oro, de oro y en mi pecho qué frágiles)
Dido y Eneas, sólo una máscara de nieve,
un vaciado en yeso tras el maquillaje escarlata,
como danzarina etrusca,
cálido fox,
oscuro petirrojo,
la imperial de los ómnibus de Nueva Orleans está pintada de amarillo
y hay que bailar con un alfiler de oro en la mejilla
(como cuando se rezan oraciones para conjurar al Ruiseñor
y la Rosa o al milano en la tarde)
Amor mío, amor mío, dulce espada,
las llamas invadieron las torres de Cartago y sus jardines,
qué concierto en la nieve para piano
qué concierto en la nieve.
II
Y aún nos es posible cierta aspiración al equilibrio,
la pureza de líneas, el trazado de un diseño,
el olvido de la retórica de lo explícito por la retórica de las alusiones,
los recursos del arte (la piedra presiente la forma),
el recuerdo de una tarde de amor o un rezo en la capilla del colegio,
la vidriera teñía los rostros de un esplendor violeta,
naufragaban en la claridad submarina las hebillas de oro de los caballeros,
todo en escorzo, la luz amarilla chorreando en las botas y los cintos,
las cabezas extáticas, vueltas al cielo raso, porcelana de la tarde,
la quilla, los velámenes,
(qué costas y escolleras),
las islas, timonel,
en el viento nos llegan los cabellos de una sirena, las arenas doradas,
historias de hombres ahogados en el mar.
¿Qué costas? ¿Qué legiones?
Autor: Pere Gimferrer
Julio 19, 2008 a las 9:54 pm |
Úteros de lunas llenas,
vientres de mi luz,
lo conocido.
Interperies de lunas negras,
desiertos de mi luz,
lo desconocido.
Volver…sí…no…mejor no,
ya he nacido.
Julio 24, 2008 a las 7:01 pm |
Brown eyes
Me decías que el viento no tenía tus ojos.
En los altos del aire, la luz estremecida
arde con dos diamantes que me incendian la vida:
en tu mirada el sol ha encendido sus rojos.
De mi vida me quedan inflamados despojos
y porque tú me miras ha vuelto a ser mi vida:
por tus ojos no vivo la noche derruida
y no veo la muerte si me miro en tus ojos.
Así el tigre acosado, así la noche en llamas
se salvan si los miras y hacia tu luz los llamas,
como yo me he salvado del collar de la muerte:
en tus ojos me salvas y en tus ojos me amas,
voy entero al imán de tus ojos al verte;
dame, para vivir, esta luz que proclamas.
Autor: Pere Gimferrer
Julio 29, 2008 a las 2:29 am |
La única mirada capaz de evitar mi caída
en el vacío que impecable cierne a veces
el tiempo sobre mí, es la mirada de mis ojos
batiéndose, allá en lo alto, en duelo de espadas
contra ejércitos de relámpagos y truenos
que en ocasiones invaden el pacífico cielo.
Es la mirada de mis ojos la que me ofrece
castillos y fortalezas tras las barricadas;
es la que levanta hospitales de campaña
para sanar mis heridas de guerra,
y la que me riega con fuerza en el pecho el yo
desde el agua de otras acequias.
Es mi mirada la que me lleva y trae
en las miradas de los ojos que quiero,
y será ella, al final, quien me encare
frente a la nada con mi todo yo.
Agosto 10, 2008 a las 8:27 pm |
Ma ligne de chance
Con el llavín del viento destejido,
con el aprendizaje de la luz,
me enseñas avivir: yo dispersaba
el oleaje del conocimiento
aquí y allá, por pálidas bahías
o bahías de fuego renegrido,
y, en las esquinas del deslumbramiento,
hacia mí mismo me raptó tu luz;
llegaré a ser quien soy porque tú quieres,
llegaré a ser quien soy porque tú eres,
como si hubiera muerto por nacer
en la resurrección de los estribos,
el jinete de plata, el bailarín
aquel que nunca fui, mas pude ser,
quien se dice al decir el que no era,
la primavera del que ya seré,
la primavera del resucitado
Autor: Pere Gimferrer
Agosto 11, 2008 a las 2:51 am |
Maese, chapó por el poema. Ni Ronson es tan versátil en la poesía como usted, que tanto pega zarpazos en la urbe, como se deja flotar sobre el aire, los rayos del sol, o los labios de alguna de aquellas amazonas que quisieron raptar a Ulises.
Los únicos versos que, en primera lectura, no me llegan como el resto son los 3 últimos.
Agosto 11, 2008 a las 12:09 pm |
Gracias, pero no son míos
Agosto 11, 2008 a las 12:17 pm |
XD pues no vi lo del autor XDXDXD
Agosto 11, 2008 a las 12:21 pm |
Y ahora discúlpate ante GImferrer
Agosto 18, 2008 a las 11:48 pm |
¿Qué por qué soy yo como soy? No lo sé, me he de mirar
para saberlo, y para ello lo mejor será irme a los tajos
de la salina para no morir desangrada o loca mientras
desmonto cada una de las partes de mi cuerpo.
En un tajo, de cristal y agua, pondré los huesos
y articulaciones de mi esqueleto, incluidos mis dientes;
en otro tajo, de cristal, vaciaré toda mi sangre;
y para mis órganos, buscaré en los tajos, flores de sal.
Ya después, en el interior de una montaña de sal,
pondré mi cabeza.
Ya lo anterior hice, fui a la salina y cuando ya mi cuerpo
desmontado tenía, mi cabeza, desde la montaña de sal,
me unía, y así, sucesivamente, yo me desmembraba
y ella me unía, yo me desmembraba y ella me unía.
Me olvidé dejar en un tajo las ideas.
Agosto 27, 2008 a las 12:39 pm |
Pequeño y triste petirrojo.
Oscar Wilde llevaba
una gardenia en el pico.
Color gris, color malva en las piedras y el rostro,
más azul pedernal en los ojos, más hiedra
en las uñas patricias, ebonita en las ingles de los faunos.
No salgáis al jardín: llueve, y las patas
de los leones arañan la tela metálica del zoo.
Isabel murió, y estaba pálida,
una noche como ésta.
Hay orden de llorar sobre el bramido estéril de los acantilados.
Un violín dormirá? Unas camelias?
Y aquel pijama rosa en pie bajo la lluvia.
Autor: Pere Gimferrer
Agosto 29, 2008 a las 11:35 pm |
Ella quería ser monja. Ella, madre de varios hijos,
jornalera de los tomateros, y mujer del hombre
que ella creía le iba a llenar de colores su mente
y su vagina, y no fue así, quería ser monja de clausura.
Eso decían el día en que la hallaron muerta por lejía.
Yo ahora sé el porqué de su deseo de ser monja,
y lo sé por los versos de Santa Teresa de Jesús
y San Juan de la Cruz.
Ella no buscaba más cruces ni más rosarios de aurora,
ella lo que buscaba era el éxtasis del silencio a solas.
No sé qué colores tenía en su lecho de muerte,
lo que sí sé es de un vestido lleno de colores
que nunca ella se puso.
Descanse en colores, dice en pie su vestido.
Diciembre 20, 2008 a las 1:51 pm |
Cuchillos en Abril
Odio a los adolescentes.
Es fácil tenerles piedad.
Hay un clavel que se hiela en sus dientes
y cómo nos miran al llorar.
Pero yo voy mucho más lejos.
En su mirada un jardín distingo.
La luz escupe en los azulejos
el arpa rota del instinto.
Violentamente me acorrala
esta pasión de soledad
que los cuerpos jóvenes tala
y quema luego en un solo haz.
¿Habré de ser, pues, como éstos?
(La vida se detiene aquí)
Llamea un sauce en el silencio.
Valía la pena ser feliz.
Autor: Pere Gimferrer
Abril 5, 2009 a las 2:48 pm |
Traerme a este estado en que levito
los muchos años que ya tengo y también la poesía,
pero es tan preciada por mí esta locura
que ni en la misma muerte, quiero mi cordura.
No sabiéndome ya si dormida o despierta
en las cosas que veo y siento,
andaba, yo, recitando versos a los molinos de viento,
cuando de pronto en brazos de gigantes me encuentro
y fue tal mi gallardía que desde entonces
sólo mujer Quijote por los caminos me quiero,
sin más armadura y escudero que mis versos y mi pecho.
Señor Cervantes, sin ánimo de simularme
creada por su pluma (no me alcanzaría la altura de la mía),
permítame la osadía de llamarme como su hidalgo
y emprender empresas que, aún no siendo iguales,
tienen en común la valentía, diferenciándose
en que no siendo yo hombre sino mujer necesito mandato divino
para sortear los obstáculos que por mi sexo me abortarían
y es por ello que a todos digo que esto de mujer Quijote
me lo mandó Dios, valiéndome también dicho mandato
de crédito frente al capital por su gran deuda celestial.
A continuación paso a reseñar cuáles serán mis hazañas,
que si bien no creo que conlleve riesgos pero, en prevención,
su publico conocimiento será mi protección:
Yo sólo quiero ir a los puestos de explotación
de los cuerpos y las conciencias para recoger en versos
todas las cosas que a solas mueren.
Quiero hablar con las camareras de piso, freganchines,
cocineros, jardineros, jornaleros de la construcción,
de los tomateros, maestros, médicos, taxistas, dependientas,
para tragar y palpar lo mismo que tragan y palpan sus cuerpos.
Iré a las casas, a las calles, hospitales, colegios,
iglesias, cárceles, gobiernos, para recoger los cachos
de la gentes por silencios rota;
Iré a los archivos del Vaticano, de Indias, Inquisición,
gobiernos y repúblicas; y más concretamente en mi isla
a los archivos del obispado, gobierno civil y municipios
cuéntame en una ocasión una funcionaria aquella nota
en partida de bautismo“negra y esclava” en Santiago de Tunte.
Señor Cervantes, imagíneme, yo esponja empapada
en el agua de todas estas historias recorriendo al atardecer
las calles y plazas y al anochecer los valles y montañas.
¿Se imagina cuántos árboles en versos me abrirían?
¿ Se imagina ahora el porqué necesito del gigante de usted?