A Aníbal
Un resplandor. Una luz que estalla chisporroteando a lo lejos (o cerca, tan tan cerca que puede estar encima tuyo) y no la ves. Quizás en un instante de lucidez la atisbaste, pero no la supiste ver. Si al menos hubieras tenido la cabeza encima de los hombros…pero ni eso. Los pájaros, en desbandada imperial, se la llevaron. Se la fumaron. Es una lástima saber que tus ojos no se cruzarán jamás con esa esquina a esa hora en que los perros aúllan sus libertades y sus magulladuras. Es una pena porque lo tuviste al alcance de tu mano, en una milésima de segundo. Como en el cuadro de Miguel Ángel, un leve roce que cambia la historia. Tu historia. Incorporarte al barco. A mi barco. Subirte a un sueño que avanza como un caballo ágil y hermoso, de piel marrón, tersa, con una mancha blanca entre los ojos, galopando por una playa vacía en una mañana cualquiera, con el sol, a lo lejos, al final del mundo. Al principio te costaría, no es fácil adaptarte a un nuevo microcosmos, pero yo confiaba en ti. Hubiera confiado en ti. Pero no lo viste. O no lo quisiste ver. Y es una pena. Porque vales, porque tienes un estilo y sabes depurarlo, contenerte, asomarte a una ventana y ver nubes verdes danzando en parques donde los niños juegan a darle de comer millo a las palomas amarillas. Y jugar con el tiempo y disfrazarte y hacer reír.
Hubo un resplandor, miraste al libro y seguiste leyendo. Esperando tu oportunidad
Escrito por Román Pérez González 


