Viento. Marejada del alto aire,
espuma en el borde de brazos blancos y gigantes alzados.
Viento en la punta de dedos navegantes
vuelos que penetran el aire, surcando valientes todos los sueños.
Viento humilde entre mis piernas, y la tierra.
Viento doblado sobre tarajales y el pecho oblicuo de la luna.
Infinito soplo de alas serenas,
tan sólo un susurro sobre el mar,
descomunal orquesta que alborota infantil
a cada instante en el fondo de mis ojos.
Este es el reino de mis gigantes, de mis reyes y reinas.
Aquí duermen, y despiertan.
Aquí se desnudan honestos ante mis ojos en cada cambio de marea.
Aquí sacuden su piel blanca de tiempo,
y se ierguen graves, toman del mar el agua con sus manos,
y refrescan su cuerpo de roca y leyenda
bajo un baño de plata y oro blanco.
Ésta, su tierra. Sus camas blancas en tajos de eternidad bajo el azul,
el sudor y la vida inescrutables, el trabajo silencioso
que se esconde entre sábanas de cristal, receloso de las miradas
inertes de aquellos no ven mas que piedra,
agüedal y barro, en estos reinos y camas de sal.
Aquí moran mis reyes y mis reinas.
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