Gritas y atraviesas tus dientes en la tierra.
Ofreces con rabia el dolor de tus manos,
malpaises palpitantes en carne viva,
abiertos a la intemperie y a tu propia desnudez.
Cuando llueve sangras con las nubes,
ahogas en cada grieta de firme la sed de tu reclamo,
y con cada golpe de viento arañas el rostro del mar.
Lloras. Lloras sobre un silencio blanco en cualquier lugar,
te derramas a oscuras sobre las baldosas de la cocina,
y sólo sobreviven a la tormenta la sal, el árbol y el barranco
que carga tu alarido hasta el oído de la arena.
Y el tiempo no avanza. Quiso continuar su melodía
pero al volver la mirada quedó atrapado
en ese mal sueño que encierra el corazón en tu boca:
con cada latido, devora siglos de vida
y tú no sabes cuándo vas a despertar,
no sabes cuándo secará la sangre de esta herida.
¿Acaso sueñas? ¿Acaso ves tu corazón engarzado,
suspendido en los dientes de un hambriento anzuelo de marfil?
¿Acaso los sueños se te aparecen rotos,
golpeando tu nariz, expandiendo su olor a océano,
a madera salada, podrida de espera y tristeza?
¿Acaso te olvidas de los recuerdos y los colores de tu infancia?
¿No te acuerdas de aquellos niños que descubrían el mundo contigo?…
Justo en esas montañas, frente a ti.
Ahí tus lágrimas abrazarán un último beso del Sol,
pero se consumirán al instante…
y yo sólo puedo ofrecerte una vieja maleta de viaje,
algunas macetas con tomillo, laurel y orégano y hierbahuerto,
y esta copa inabarcable de vino
que no se cansa de beber.




Julio 1, 2009 a las 11:24 pm |
Sólo nos falta oírlo recitar…