Unos minutos con Wilco

Sostiene una jarra de cerveza en el aire,

pero no propone un brindis;

en su lugar me pega un tiro en el brazo

y sonríe, sonríe ante la mordida muda y dolorosa de la bala

mientras me recuerda otras noches juntos.

Y sabe que somos simplemente amigos

y que yo ando siempre enamorado de alguna mujer

y que hay deseos que son cosa de poeta.

Dice, “para que no estés sólo”.

Y yo le contesto que nadie, nunca,

ocupará mi camino por mí,

que deje de jugar con los recuerdos

y que, mejor, nos vamos a una suite de algún buen hotel,

o vamos de viaje a Chicago.

Cariño, no te lo tomes tan en serio. Vete a dormir ya -me dice-,

que es tarde. Recuerda sonreír cuando te levanten un día

los sueños de viejo, los años alongados

al precipicio de tus pestañas;

sonríe, respira el verano de tus ojos

y muéstrale a la vida tus dientes, los que te queden,

lo mismo da; sonríe, saluda, y gruñe.

Piensa que en un futuro

darás caramelos a tus nietos, o a los nietos de alguien,

y que si tienes hijos ya habrán crecido,

habrán leído seguramente aquel poema

de cuando le pegaron un tiro en el brazo

a tu mejor amigo, y que, seguramente,

se habrán enamorado con otro poema de Benedetti.

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