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“El café”: una mirada social

Este artículo, escrito por Mariano José de Larra aparece el 26 de Febrero de 1828 en “El Duende Satírico Del Día”. (…) En “El café” Larra dibuja un retrato social, esboza los patrones clásicos de la sociedad de su época. Con sus estereotipos, con sus dolencias. El texto es un recuerdo que tiene de haber estado en tal café “no hace dos días” y lo que allí sucedió y vio hasta que se fue a su casa y hace hace repaso de lo acontecido: (…) “luego me proporcionan materia de diversión para aquellos ratos que paso en mi cuarto y a veces en mi cama antes de dormir; en ellos recapacito y río como un loco de los locos que he escuchado” (…)

Se describe a sí mismo argumentando su naturaleza curiosa, su capacidad de observación, ejercicio que le acompañó toda su vida, y leitmotiv de sus artículos: “No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso; es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos, que. Hay que recordar en este punto, como antes mencioné, que Larra escribe este artículo a los diecinueve años. Este detalle nos revela que nos encontramos ante una personalidad especial con una mirada diferente de lo que acontece.
Desde el inicio vemos las críticas a las actitudes en el café, al supremo interés por la apariencia: “dos o tres abogados que no podrían hablar sin sus anteojos puestos, un médico que no podría curar sin su bastón en la mano, cuatro chimeneas ambulantes que no podrían vivir si hubieran nacido antes del descubrimiento del tabaco: tan enlazada está su existencia con la nicociana, y varios de estos que apodan en el día con el tontísimo y chabacano nombre de lechuguinos (…)”
Hay, sin duda, claros estereotipos ocupados de la apariencia que Larra desmonta, ocupados eso sí en distraer la mente con aditivos. Esclarecedora por su implicación a la hora de redactar artículos me parece la mención a Napoleón: “Volví la cabeza hacia otro lado, y en una mesa (…) se hallaba un literato; a lo menos le vendían unos anteojos sumamente brillantes; por encima de cuyos cristales miraba, sin duda porque veía mejor sin ellos; y una caja llena de rapé, de cuyos polvos, que sacaba con bastante frecuencia y que llegaba a las narices con el objeto de descargar la cabeza, que debía tener pesada del mucho discurrir, tenía cubierto el suelo, parte de la mesa y porción no pequeña de su guirindola, chaleco y pantalones. Porque no quisiera que se olvidase advertir a mis lectores que desde que Napoleón, que calculaba mucho, llegó a ser Emperador, y que supo podría haber contribuido mucho a su elevación el tener despajada la cabeza, y, por consiguiente, los puñados de tabaco que a este fin tomaba, se ha generalizado tanto el uso de este estornudorífico, que no hay hombre, que discurra que no discurra, que queriendo pasar por persona de reconocimientos no se atasque las narices de este tan preciso como necesario polvo”.
Un café, un espacio cerrado donde se delibera a viva voz sobre el destino de las personas, en base a noticias aparecidas en la Gaceta. (…) ”Pero no le parezca a nadie que decían esto como quien conjetura, sino que a otro que no hubiera estado tan al corriente de la petulancia de este siglo le hubieran hecho creer que el que menos se carteaba con el Gran Señor o, por el pronto, que tenía espías pagados en los Gabinetes de la Santa Alianza” donde cada cual pretende imponer su opinión, darse importancia a partir de una idea, el espacio donde tiene lugar el más cínico ejercicio de narcicismo:
(…) “- Me irrito; eso es insufrible- y se levantó y dio un golpe tremendo en la mesa para dar más fuerza a la expresión; golpe que hubiera sido bastante a trastornar todos los vasos si alguno hubiera habido; miréle de hito en hito, creyéndole muy interesado en alguna desgracia sucedida o un furioso digno de atar por no saber explicarse sino a porrazos, como si los trastos de nadie tuviesen la culpa de que en Madrid se publiquen folletos dignos de la indignación de nuestro hombre.” (…)
Sutilmente, parece que sin pretender dejar un rastro evidente, Mariano José de Larra, esboza lo que podríamos denominar efectos secundarios del café; bien causados por el ambiente del espacio cerrado, bien a través de lo ingerido -por vía oral o nasal- de los personajes que por allí pululaban. (Especialmente notable en Marcelo) Las oraciones dubitativas de una persona que quiere hacerse notar y no sabe cómo:
-(…) ¿Es posible – le decía a otro que estaba junto a él y que afectaba tener frío porque sin duda alguna señora le decía que se embozaba con gracia- es posible, – le decía mirando a un folleto que tenía en las manos-, es posible que en España hemos de ser tan desgraciados o, por menos decir, tan brutos?(…)”
No falta en el artículo el elemento que podríamos denominar “adoctrinador”, en donde se nos expone el tantas veces nombrado binomio luz-oscuridad.
(…) los buenos españoles, los hombres que amamos a nuestra patria, no podemos tolerar la ignominia de que la cubren hace muchísimo tiempo esas bandadas de seudoautores, este empeño de que todo el mundo se ha de dar a la luz, ¡maldita sea la luz! ¡ Cuánto mejor vivíamos a oscuras que alumbrados por esos candiles de la literatura! (…)
Y más adelante, vuelve el propio texto a ponernos en sobre aviso de la intención de tal argumentación:
(…) nuestro hombre que se creyó aplaudido tácitamente, y seguro de que su terminillo había tenido la felicidad de reasumir toda la atención de los concurrentes (…)
Marcelo, el literato, que continúa encendido por la publicación del artículo, es invitado a escribir “sobre esos folletistas”
¿Merece acaso ese hombre que se hable de él en letras de molde? Eso sería, como él dice, degradar aún más que él y el diarista el arte de la imprenta. (…) Hace mucho tiempo que nos afectan autores insulsos (…) Incluso argumenta su elocución con una cita, aunque se excusa – todo este argumento es es expuesto sabiendo que es observado y puesto “a prueba”- apparent rari nantes in gurgite vasto. (…) Lean lo que dice Boileau:
“Hay en cualquier arte diferentes grados,
Se puede con honor llenar las segundas filas,
Pero en el arte peligroso de rimar y de escribir
No hay ningún grado del mediocre al peor”.

Y continúa con su argumentación, donde basándose en un ejemplo de su cotidianeidad nos pone de manifiesto un rasgo social que comenzaba a dar sus primeros pasos: la igualdad entre hombres y mujeres.
(…) “No hace mucho tiempo iba por la calle (…) y me hallo un cartelón más grande que yo, que decía (…): el té de las damas. (…) cómo tengo una mujer demasiado afectada del histérico, y como este mal es tan común en las señoras, vea usted que el deseo mismo me hizo consentir en que sería alguna medicina para algún mal de mujeres; así que me puse muy contento, y sin leer, (…) me dirigí al primer café que encontré(…) pregunté y (…) respondióme el mozo: “Señor, yo le sacaré a usted té; pero hasta la presente, el que tenemos en estas casas puede servir, y ha servido siempre, para señoras y para caballeros” (…) Volví a mi cartel y distinguí, ¡necio de mí!, con la mayor admiración, que era un libro. (…) ¡Como si fuera preciso que para hablar unas señoras estuviesen tomando algo! Evidentemente, ya fuera de sí, Marcelo, ante los ojos de todos parece que va a comenzar su conclusión:
“Pues qué, ¿le parece a usted que si yo me pusiera a escribir dejaría a nadie en paz?”
Larra a continuación comienza a ponernos ejemplos de anuncios en los diarios, “pantalones para hombres lisos”, “escarpines de mujer de cabra” cosa que a Marcelo parece molestar así como de extravíos que se anuncian en los diarios con el objetivo de que su dueño lo reclame:
“El lunes 8 del corriente, por la tarde, se perdió un librito encuadernado en papel de poesías alemanas, titulado Charitas, 20 de Octubre”
La fina ironía de Larra, para su propio medio de vida: los diarios, queda patente en estas curiosidades.
“- Dice usted muy bien, señor don Marcelo; ha hablado usted mucho y muy bueno.
-¡Oh si hablo! Y dijera más si no me llamase mi obligación (…)
Hay en la actitud de Marcelo una necesidad de expresar todas sus ideas a borbotones, pisándose las unas a las otras. Fruto, quizás de la mezcla de rapé en un ambiente cerrado, opresor y –probablemente- de alcohol. No se puede decir que su discurso sea incoherente, pero sí vehemente, con firmeza y convicción. Con la clara intención de que sus palabras sean su carta de presentación, su manera de darse a conocer e imponerse frente a los demás. Esa vehemencia puede dar pie a que otros oyentes, se muestren reacios a la disputa verbal.
(…) ”Amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla; aquí nunca haremos nada bueno…y de eso tiene la culpa…quien la tiene…” (…)
Larra, basándose en su ya mencionada curiosidad, al día siguiente de estar en el café nos comenta que buscó información acerca del tal Marcelo, descubriendo que el buen señor que, según el mismo se jacta de decir, ama a su patria; durante una etapa en un destino provincial se había comido “el pan de los pobres y el de los ricos, y haciendo tantas picardías que le habían valido para perder su plaza ignominiosamente, por lo que vivía en Madrid” (…)
Posteriormente, Larra comienza a marcharse del café con su libreta en mano cargada de todo que ha visto. Resulta especialmente hermosa esta imagen por lo que representa: un chico jovencísimo saliendo de un café enclaustrado donde ha absorbido la esencia de su país; la oscuridad y tenebrosidad ejemplificada y representada por lo que ha visto.
Se detiene, en el camino a la salida, a observar, expondré los diferentes personajes que encuentra y que conforman el extenso paisaje de personalidades que se hallan en el café:
(…) ”En una [mesa] se hallaba un subalterno vestido de paisano, que se conocía que huía de que le vieran, sin duda porque le estaba prohibido andar en aquel traje, al que habían traición unos bigotes que no dejaba un instante de la mano, los torcía, y los volvía a retorcer, como quien hace cordón (…) hablaba en tono bajo como con miedo de que lo escucharan (…)”
(…) “Otro estaba más allá, afectando estar solo con mucho placer, indolentemente tirado sobre su silla, meneando muy de prisa una pierna en nada, como hombre que no se considera al nivel de las cosas que ocupan a los demás, con un cierto aire de vanidad e indiferencia hacia todo, que sabía aumentar metiéndose con mucha gracia en la boca un enorme cigarro, que se quemaba a manera de tizón, en medio de repetidas humaradas, que más parecían salir de un horno de tejas que de boca de hombre racional (…)
(…) “en otra mesa reparé en otra clase de tonto que compraba a los amigos que le rodeaban a fuerza de sorbetes, pagaba y bebía por vanidad, y creía que todos aquellos que se aprovechaban de su locura eran efectivamente amigos, porque por cada bebida se lo repetían un millón de veces; le habían hecho creer que tenía mucho talento, soltura (…) y de este modo le hacían hacer un papel ridículo. (…)
Las últimas anécdotas que se cuentan en el artículo explican como un mozo del café le explica a Larra las triquiñuelas de dos clientes, defendiendo su posición al conocer la curiosidad de este. Un chico -y este representa el paradigma de la apariencia, de tantos modos tratado en el texto-. “Es un joven(…) muy elegante, que viene a tomar todos los días café, ponch, ron en abundancia (…) habla mucho de dinero y siempre me dice al salir (…): “Mañana le pediré a usted la cuenta”. Hace ya más de medio año que sucede esto. (…) Y lo peor es que tiene uno más vergüenza que él, porque no me atrevo a decirle “Págueme usted, o no le sirvo” (…) y si fuera el único; pero hay muchos que, a trueque de conde, marqués, caballero, y a capa de sus vestidos, nunca pagan si no es con muy buenas palabras”. (…)
(…) –Pues aquel sujeto (…) tan bien vestido suele traerme los días de apretura para ver la ópera algunos billetes, que le vendo por una friolera: al duplo o al triplo (…) saca con mi mano el ascua, y él gana mucho y no pierde su opinión, y yo, de quien dicen que no la tengo porque se le figura a la gente que un hombre mal vestido o que sirva a otros (…) está dispensado de tener honor, gano poco de dinero y no gano nada de crédito”
Finalmente, Mariano José de Larra en una reflexión final habla de que “el hombre vive siempre de ilusiones y de las circunstancias [sociales que le rodean]”(…) encontramos al autor abatido por la situación que atraviesa el país, ya no sale “riendo de los locos que ha encontrado” sino pesimista y apesadumbrado, al no ver salida a la compleja situación social. Es un texto que deja bien a las claras, la manera de ver el mundo de Larra, ya que son sus ojos los que nos guían en el texto. Los que nos hacen mayor o menos hincapié en los aspectos que a su juicio eran fundamentales a la hora de entender cómo era la vida en 1827, año en que está publicado el artículo.

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  1. julio 1, 2009 en 11:34 pm

    Muy interesante, sep, sep, sep. Café, oídos aguzados, tímpanos al 2000%; toma de notas…¿de qué me suena todo esto? 😉

    Aprovecho Sr. Polansky y dejo por aquí varios enlaces hacia algunos textos del Sr. Larra.

    0.- En la biblioteca Cervantes Virtual: http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/larra/articulos.shtml

    1.- La alabanza, o que me prohíban éste: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/09254929899858306317857/p0000001.htm#I_1_

    2.- A cada paso un acaso, o el Caballero: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/12604518669154854198846/index.htm

    3.- Baile de Máscaras. Billetes por embargo: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/67923950982325017243457/index.htm

    4.- El Café: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/12048393119081515209624/p0000001.htm#I_1_

    5.- Corridas de toros: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/12145070818921506098213/p0000001.htm#I_1_

    6.-

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