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“Habitar el tiempo”, de Francisco Ramírez Viu

Hace unos días me entretuve contemplando el juego de un crío desde la ventana, corriendo sobre las baldosas de la plaza, persiguiendo a las palomas. No aprecié si era un niño o una niña quien corría una y otra vez tratando de alcanzarlas, pero sí advertí su desconcierto y su emoción cada vez que levantaban el vuelo para posarse unos metros más lejos. No había nadie más en la plaza, sólo los jóvenes arbustos de las esquinas que apenas ofrecían cuatro lunares de sombra en el suelo. La niña o el niño no parecía cansarse en su juego y también yo me fui dando cuenta de que la mañana discurría sin tiempo, sin un principio ni un fin entre las cosas. En sus ojos las palomas serían hojas que volaban en el cielo y en los míos se volvieron papeles llenos de preguntas.

Desde hace algún tiempo contemplo la historia de la humanidad como una historia personal, una íntima evolución que va cobrando forma en un ritmo cíclico. Siendo rítmica la vida, veo que hay épocas de niñez, de madurez y -tal y como estamos viviendo ahora- de adolescencia. Precisamente por eso no me desconcierta este momento actual de desamparo de la niñez, porque la adolescencia es la estación más irresponsable y posiblemente más alejada de la infancia. Y no sé qué hueco puede conservar la infancia en un mundo de adolescentes cargados de años, pendientes sobre todo de su propia comodidad. ¿Quién cuidará de los sueños y las verdades de aquel niño, de aquella niña que corría días atrás hacia las palomas con los brazos levantados, como si se sintiese muy lejos del suelo? ¿Por qué se van las palomas?, parecía preguntarme mientras bajaba los brazos y se quedaba así, de pie, contemplando la luz o tal vez la imagen de una isla abandonada desde el aire, el temblor de una caña de azúcar o un puñado de casas blancas que reían y abrazaban su propia risa.

Su figura -frágil y hermosa al mismo tiempo- me pareció la imagen más desnuda de la realidad, una latente reserva del mundo. No creo que la infancia sea el reino de la fantasía, sino el territorio de la creación. La fantasía -como la escucho recitar por ahí- me parece, más bien, una huida o una derrota. Lo mejor de la fantasía es precisamente que existe en un mundo real, donde su existencia está vedada, es imposible o no tiene sentido. Por eso pienso que las construcciones más importantes de nuestro pensamiento no son fruto de invenciones fantásticas, sino de la actividad contemplativa tan propia de la infancia. Después de tantas carreras, aquella niña, aquel niño de la plaza se había sentado unos segundos en un banco y yo sentí el impulso de jugar con sus mismas herramientas; con aros hechos de las herrumbrosas latas arrojadas por la marea, con cañas secas y trozos de corcho y palos que eran en realidad muñecas maravillosas… En un espacio sin dimensiones y en un tiempo sin derrota.

¿Cuánto duran los años? ¿Y las estaciones? ¿Cuánto dura un verano? ¿Ves ese pájaro de plumas amarillas? Claro. Ahora no vuela porque está mojado. ¿Y por qué está mojado? No sé, a lo mejor se bañó en la fuente. Y ríe el niño, la niña, cuando piensa que de la fuente sale el agua y del agua los caracoles. Y se ríe con las piernas abiertas mirando de frente, con la boca más abierta aún. A mí también me gustaría abrirla de esa manera para expresar mejor lo que pienso, pero no puedo. ¿Y por qué no puedes? Porque sé que las palabras no son fáciles de atrapar. ¿Y por qué? Porque vuelan cada vez que me acerco para cogerlas. ¿Y por qué vuelan? ¿Por qué?

Cuando miré de nuevo por la ventana el banco estaba vacío. La plaza era un puente y una bahía, una isla rodeada de un mar manso y refulgente. Una pequeña figura se acercó en barco a un islote lleno de palomas. Lo hizo muy despacio, de puntillas, para que nadie escuchase cómo se aproximaba. Y esta vez sí que parecía capaz de tocarlas. Entonces, justo un instante antes de rozarlas, levantaron el vuelo y se alejaron a otro islote un poco más lejano. ¿Por qué vuelan estas hojas de papel ante mis ojos? ¿Por qué se escapan cada vez que me acerco? ¿Por qué aquella luz de la mañana iluminó el centro del mundo como un estallido silencioso en el interior de la vida, como un nuevo nacimiento? Recuerdo un túnel entre dos casas, un agujero en el suelo y una cuerda colgada entre dos árboles; pero no había viento. El viento lo fabricó alguien que pasó en bicicleta por el lateral de la plaza. Los radios de las ruedas también pueden fabricar viento, como los molinos y los soplidos de la boca. ¿Por qué resopla la gente? No lo sé, tal vez estén cansados. ¿Y por qué están cansados? Quizás porque trabajan mucho. ¿Y por qué trabajan mucho? No lo sé, no estoy seguro. Tampoco recuerdo ahora si aquella pequeña figura caminaba descalza por la plaza. Si hubiese sido así habría tenido cuidado de no quemarse, porque el sol caía con fuerza sobre la arena de la playa.

Ahora es de noche, estoy escribiendo y escucho de nuevo su pregunta en mis oídos. ¿Por qué escribes? No lo sé, no escribo mucho, pero quizás lo hago para desplegar el futuro o para construir un pasado que antes no fue posible… Quizá pienso mejor por las noches, porque las preguntas son como dragones que cambian de color… ¿Y por qué? Su voz infantil pregunta tantas cosas que no soy capaz de responder. De un agujero surge de pronto un pequeño ratón, una liebre o un alacrán que pasea por la ciudad. No sé qué nombre tendrán las calles de su ciudad, ni si las recorrerá en trineo, en avión o en una carreta tirada por bueyes. En sus ojos hay un patio nevado que huele a manzanas, una bayeta ondea tendida entre los árboles y desde un altillo el mundo late como el pecho de un mirlo. La rueda de la bicicleta vuelve a girar, es un molino que fabrica el viento. Por eso, cuando pasa, las hojas de papel giran también entrelazadas. La rueda que gira es una boca que se ríe del viento y al llegar la noche el viento se pierde en el corazón de los barrancos. Pero las noches no son negras, sino que cambian de color como las preguntas. Y algunas queman como un sol blanco.

Realmente no sé por qué vuelan las palomas cada vez que intento acercarme, pero conozco a muchas otras personas que sienten lo mismo que yo. También a los escritores les ocurre con las palabras lo mismo que con las palomas: vuelan en cuanto se acercan para cogerlas. Pero creo que les honra el noble gesto de intentarlo.

Contexto original: CiudArte, Temas para sostener la mirada

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  1. Román Pérez González
    julio 6, 2009 en 2:21 am

    Este texto de Paco es maravilloso. Lo he leído unas cuantas veces en “Temas para sostener la mirada” y ahora que lo he releído creo que podríamos entretenernos con él, como un ejercicio más, que no quedara aquí rellenando un espacio, siendo un post más.

    lo dejo caer..a ver si alguien en este espacio habitable recoge el guante…

    • JAVIERHF
      julio 6, 2009 en 10:54 am

      ¡Cómo que rellenando espacio! jajajajajaja

      El tío iiiiiii yuooooooooooooooooos jjjajajajaja

      El post forma parte de mi proceso reflexivo profundo con tendencia a desmadrarse (anoche soñé con Alonso Quesada y Tomás Morales, el primero era el tatarabuelo de la poética de Rayco, y abuelo o bisabuelo mío; el segundo, el un modernista decadente que nos robaba las copas en el Timbeque, la Gamba, el Alambique y conocía a la dueña del Charlestón café 😉

      Por otro, me mola la idea. Recogo el guante, y propongo que habitemos el mar…en caso de que como escritores canarios tengamos impronta de esa piel de bestia azul dormida 😉

  2. JAVIERHF
    julio 6, 2009 en 10:58 am

    Vamos, el mar, un bar, un can, unas piernas, unos senos, unos labios, unos ojos, unas manos, el laberinto del cabello, la curvatura de los muslos, la estepa de las hojas de los libros…cosas así…el cielo desde mi garaje, el mismo cielo que algún destacable guanche vio alejarse mientras era llevado al mercado de Padua, o a las manos del mismísimo embajador veneciano.

  3. Valentín Claveras
    febrero 4, 2011 en 2:03 pm

    Dios mío, exclamo al ver la sombra de algo que vuela sobre las losas de mi conciencia. Son las palomas de Paco huyendo o llegando, llevándose los pensamientos, sus palabras ramo de olivo en el pico. Gracias por obligarme a dejarlo todo y a mirar, otra vez, por la ventana.
    Un abrazo. Valentín

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