Hija de la Luna

Uf!, por fin puedo conectarme de nuevo… estos días la conexión ha dado problemas, así que, aquí va  el post que iba a poner este último fin de semana: Este relatillo, está dedicado a Pau, uno de mis mejores amigos, de las pocas personas que saben qué es ser un amigo de verdad, en lo bueno y en lo malo. Trata de un recuerdo doloroso, nuestra separación hace unos siete años…

 

Siempre he sido hija de la Luna… no recuerdo el día que porque el sol brillara dejara de serlo. Pero aquel día fue distinto. Por vez primera quise rehuir de su luz espesa. Al avanzar vadeando el río de cemento de mi urbe querida, y tan odiada al mismo tiempo, y haciendo uso del instinto de supervivencia para esquivar presta sus animales rugientes de metal y luces artificiales… la vi.

 

El dulce blanco y dorado que rezumaba tierna cada noche… se volvía oscuro rojo, como cascada de sangre coronando su esférica figura. El negro se confundía entre las moradas vetas abiertas en la noche.  

 

–Qué ocurre…–, iba pensando inquieta en la subida del río gris. Entonces noté un brazo fuerte presionando el mío tras mi cuerpo en movimiento.

 

-Pau… ¿la ves?

 

-Imposible no verla, hechizo sangriento, conjuración sombría… ¿qué le pasa a esta isla y a sus brujos? ¿será tan solo un mal presagio?

 

-Un mal augurio… sí, eso debe ser. Sigamos, llego tarde.

 

Acompañé a mi gran amigo, esa pequeña mitad de mi alma, a su casa, su guarida de piedra y cristal, cerca de la mía. Antes de dar la vuelta para buscar mi morada, Pau volvió a asirme del brazo.

 

-He de decirte algo. Hace tiempo que quiero decírtelo pero no me he atrevido. Y de hacerlo, he de hacerlo ya.

 

-¿Qué ocurre?

 

-Hace tiempo que necesito explorar otras posibilidades, que me siento perdido, hundido… lo sabes. No puedo seguir llorando y haciendo pasteles contigo para calmar los estragos de mi alma partida… he de hacer algo más…

 

-Entiendo.

 

-No, no lo entiendes.

 

Le miré preocupada. –Qué pasa, qué no comprendo–, pensé, y como entendiéndome sin decir nada, como tantas otras veces, me respondió sin la pregunta en el aire.

 

-Me voy, Cori, me voy… Lo único que me importa es no perderte, pero he de irme.

 

No éramos amantes, nunca lo fuimos, pero siempre habíamos sido un matrimonio en espíritu, como uno solo, nunca me perdería, fuera a donde a fuera… pero yo también lloraba y no tendría con quién hacer pasteles… no tendría más a la mitad de mi alma.

 

Han pasado 8 años desde entonces. La mitad de mí sigue perdida al otro lado del océano. Nos cuesta, nos mata, estar tan lejos el uno del otro… aun después de 8 largos años, nuestras almas son inseparables, y a nuestros cuerpos les puede la pérdida. Recuerdo cómo aquel día, aquella noche, al llegar al portal que me llevaría de regreso a mi casa, a mi hogar, observé de nuevo la Luna.

 

Era de nuevo blanca, blanca y dorada… la sangre que habíamos visto, era solo para mí, el mensaje de una madre preocupada, allí arriba, en el firmamento… mostrando la herida abierta que crecía en mi alma…

 

Por: Corina Morera Villar

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  1. R. Alzala
    agosto 14, 2009 en 11:53 am

    Me agrada ver cómo te mueves en un estilo más ‘narrativo’ al habitual, lo echaba de menos.
    Umarmung.

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