Creación de un poema

Salgo de mi casa. Me dirijo a la parada de guaguas. Tengo el tiempo algo justo para llegar y coincidir con el transporte urbano justo a tiempo. Voy con algo de prisa porque no me puedo fiar de ninguno de los relojes. El reloj de muñeca siempre retrasa cinco minutos, pero la hora que muestra el teléfono móvil me hace dudar.

***

En esta ocasión no camino por en medio de la carretera todo el trayecto hasta el paso de peatones, sino que me subo a la acerca a mitad de camino. Saludo a un vecino que sólo conozco de vista y paso, a velocidad constante y acelerada, junto a varios parterres con árboles, pequeñas piedras, alguna que otra planta en miniatura y diversos excrementos de perro. Encuentro una tórtola muerta…

“Una tórtola muerta en la calle,

estirada en una esquina de un parterre.”

*

Sin embargo mi paso sigue, no se para, sé que quiero llegar lo antes posible a la parada de guagua y esta vez no voy a dejarme llevar por la impresión de la tórtola muerta. Pero mi mente se ha quedado junto a ella. Su mirada se perdía muerta a la altura de mi pies, bajo mis tobillos, destacando su gris blanquecino y polvoriento sobre el marrón negruzco del parterre. La miré menos de una milésima de segundo y su imagen viajó a la velocidad de la luz hasta mis ojos. Allí cada glóbulo ocular invierte la imagen y la envía a través del nervio óptico hasta los dos hemisferios cerebrales. El cerebro, entonces, certifica la muerte y ordena levantar levantar el cadáver: no hay nada que hacer. Ha muerto.
*

“Sobre su pecho,

una esmeralda verde de un millón de ojos

ausculta el corazón del ave:

ya murió. Y no late…”

*

Y seguí andando. En mi cabeza había quedado atrapada la imagen de la tórtola muerta sobre la tierra. Y fue entonces cuando comenzó a gestarse un poema.

***

Una tórtola muerta, en la esquina de un pequeño parterre, una mosca verde con sus miles de lentes oculares, saboreando con su boca el cuerpo del ave. La muerte en ese pedazo de naturaleza manipulada, que es un parterre, hacia patente la presencia del Tiempo, de la causalidad. La paloma muerta atraería a otros insectos, como las hormigas y cucarachas, estimularía el olfato de gatos y perros callejeros, y, quizás, algún ave rapaz divisaría el cuerpo quieto desde el aire. Con el tiempo, y mientras seguí caminando, viaje hacia el futuro para crear el poema. En el futuro, la paloma sería devorada por la putrefacción. La tierra aceptaría su cuerpo como lenta ofrenda, y con ella alimentaría a sus vástagos, raíces, pequeños insectos subterráneos, bacterias fotofóbicas.

“La tierra reclama el cuerpo

para sus hijos,

las raíces plañideras

curvan el torso

y ofrecen sus lágrimas.”

*

Pero mi cerebro no fue el único en firmar certificados de defunción. Los sanitarios de urgencias locales alertaron a los  médicos de guardia y hasta allí se acercó, antes que yo, un forense. Afamado galeno de la muerte, de la reconocida familia Calliphridae,  aquella mosca verde botella pisaba el pecho muerto del ave, bajaba la boca y chupaba meticulosamente. Tal era su entrega al acto consumidor que sólo me miro de reojo cuando pasé a su lado, aunque deseé que se marcha de un salto, perturbada por mi mirada de reproche inocente.

*

“La mosca verde recoge sus útiles de medicina

y hace una reverencia:

ya llegan las hormigas

haciendo antorchas de las colillas en triste procesión.”

*

Ya llegaba a la parada de guaguas y escuché a lo lejos una melodía judía de violines y violonchelos dulces y oscuros. Al final de la calle imaginé una procesión de hormigas portando antorchas, poniendo en cada paso un ritmo moribundo de zombies que sólo piensan en sí mismos, al ritmo de Beirut y March of Zapotec.

*

El poema

*

Una tórtola muerta en la calle,

estirada en una esquina de un parterre.

Sobre su pecho,

una esmeralda verde de un millón de ojos

ausculta el corazón del ave:

ya murió. Y no late…

La tierra reclama el cuerpo

para sus hijos,

las raíces plañideras

curvan el torso

y ofrecen sus lágrimas.

La mosca verde recoge sus útiles de medicina

y hace una reverencia:

ya llegan las hormigas

haciendo antorchas de las colillas en triste procesión.

*

El poema final nunca llega. Siempre aceptamos, durante cierto tiempo, una versión final casi eterna. Entre los versos que anoté en el bloc de notas y el publicado en Nueve Puertas hay diferencias que nacieron justo en el momento de la transcripción. Veo los versos escritos a mano, los retengo en mi memoria a corto plazo y, al mismo tiempo que los tecleo y se muestran en la pantalla, mi cerebro-mente los elabora con industria, con más o menos suerte, y manda un mensaje a mi yo-mente para avisar de que “ya tienes otra versión, con mayor manufactura”. Y así sucede con casi todos los versos, de manera que el poema anotado a mano deja lugar a otro de acierto incierto. La historia de la tórtola muerte no cambia:

*

una tórtola muerte; un doctor que certifica su muerte con millones de ojos; el Tiempo que vendrá y ofrecerá el ave a la tierra, como alimento para sus hijos; la hormigas que hacen antorchas mortuorias de las colillas del suelo.

*

La historia no cambia. Las imágenes permanecen casi sin modificación. Pero mi mente cambia algunos versos.

***

De alguna manera tiene lugar un proceso de destrucción y creación, de reciclaje incluso, del poema. Las imágenes se pliegan a la historia, la historia de perfila, las imágenes discuten su intensidad, su conveniencia y veracidad dentro de la tira de fotogramas. El fondo de mi mente bulle, respira, espira, hincha su pecho y se hace con las ideas que aportan las imágenes para cuestionar cómo de profundo han llegado en mi ser.

***

Es cierto que seguí caminando, que no me dejé bucear en acontecimiento de la muerte de la tórtola, no navegué su muerte, si mirada, su última rama, esta vez de tierra; no me detuve a contemplarla. Pero, de alguna manera, mi mente sí lo hizo. nunca dejo de estar junto al cadáver y nunca abandonó mi cuerpo. Caminó conmigo, subo la calle Fray Luis de León hasta bajar por el pasaje Samaritano y llegar a la calle principal de Tamaraceite. Ya en la guagua mi mente se molestaba por el aire húmedo y pegajoso del ambiente y daba los últimos retoques al poema antes de sacar el bloc de notas.

***

La contemplación tuvo lugar aunque seguramente no con la profundidad oportuna. No obstante, las marcas que dejó la tórtola persisten, y el poema, tanto en su versión primera como en la publicada, contribuyen a que las imágense sigan ahí, a mano, al igual que la historia.

***

Un poema debe producir extrañeza, debe plasmar su decir, su historia, su imagen, su reflexión, en la mente, sumergir su mano e intentar alcanzar el fondo abisal de nuestro ser. La impresión siempre varía. La profundidad y las reacciones o sensaciones nunca son las mismas, peor son todas estás y más variables las que, al final, dan un raro cómputo o resultado final que, al mismo tiempo, es siempre variable…

***

Y, efectivamente, el poema ha cambiado de nuevo, Obviamente, no es el final, ni esa versión (final).

*

Una tórtola muerta en la calle

estirada en una esquina de un parterre.

Sobre su pecho,

una forense de bata verde y un millón de ojos

ausculta el corazón del ave:

ya murió. Y no late…

La tierra reclama el cuerpo

para sus hijos,

las raíces plañideras

curvan el torso

y ofrecen sus lágrimas.

El doctor recoge sus útiles de medicina

y hace una reverencia:

ya llegan las hormigas,

iluminan el paso con colillas para la triste procesión.

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  1. septiembre 11, 2009 en 4:48 pm

    ¡Genial!.. me ha encantado este proceso creativo que enseñas.
    Sigue observando e hilvana las sensaciones.
    Bss.

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