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Qué noche más dura…

Pusieron contra la pared el delito del rebaño

y leyeron las vidas confesas

de plásticos, números y seis letras…

Después del sermón, se marcharon.

Yo me quité la piel

y la observé detenidamente a trasluz…

Y no me lo podía creer.

Busqué una palmera bien alta

y leí con voz clara todas aquellas acusaciones

que Su Autoridad había dejado grabadas bajo mi dermis…

Pensamiento oblicuo, conciencia de deseos impuros,

vidas tangentes, vicios populares…

Las culpas y los pecados los guardé para el final,

cuando ya casi amanecía,

justo momento en que todos los gatos

dejan de ser pardos,

y donde te reconozco sobre la escoba de bruja,

con la nariz de Gargamel,

o corriendo delante de decenas de perros

un 26 de diciembre en Cheshire.

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