Esta nueva calle

No recuerdo nada más. Era de noche

y me fui a dormir.

Apuraba un último beso

y de repente te tumbaste sobre el asfalto.

A la mañana siguiente,

la ordenación territorial de la ciudad

había marcado con blanco

la silueta completa de tu cuerpo

y varias señales de tráfico

gestionaban el acceso a tus secretos.

La calle latía vivamente

y los peatones

invadían la calzada internándose curiosos

entre las líneas discontinuas de tu falda.

El tráfico fluía con naturalidad,

coches y motos bordeaban

la desnudez de tus rodillas

y las bicicletas se perdían lentamente

en tu perfil dormido.

Y así fue.

Esperé completas las horas de un día,

para, finalmente, aceptar

que no quería abandonar el país sin ti,

y que podía quedarme

y ayudarte a colocar esa placa que lleva tu nombre.

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