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“Por no ser compadrito”, Isaac de Vega (1920, Tenerife)

Queda sólo el persistente olor, agarroso a la garganta, de los seres secos del supuesto mar. Impregna los gruesos maderos de la tiendam un salón alargado; y hasta, se piensa, en las onduladas planchas del alto penunbroso techo. La construyeron en el cruce de los caminos, sola, centro de las aisladas haciendas. Uno de ellos, más cuidado, blanquea polvoriento en busca del ancho y fangoso río, ruta de donde vienen las botellas abundantes, las bolsas del café, los sartenes ya herrumbrosos.

***En la tarde van llegando los hombres del monótono mar, que semeja sin orillas. Atan las monturas a los palos, argollas, barras, del desordenado patio y entran su tufo a cuero y a rancioso sudor; emprenden la charla de siempre al arrimo de las tablas estriadas del mostrador cansado. Tal vez los hombres miren, por costumbre todavía firme, el grueso poste de un excremento donde años atrás colgaban, en rojo parduzco racimo, las ristras de pulpos de largo transporte y dura consistencia. Fink, el pulpero, resbala una distraída mirada al que llegó temprano, silencioso, como entretenido pacíficamente entre sí, que no conoce. Pero aleja su atención. Al principio habló algo en molestoso dialecto, dijo llamarse Schamann e interrogó indiferente las gastadas cuestiones. También solicitó le cociesen un pulpo. No los había. Fink lo olvidó. Para él los clientes son un solo cliente. Quizá entretuviera el pensamiento en los antiguos pulpos, cuando la carreta se encaminaba al río y esperaba al viejo vapor, una nacha rueda en la popa, remontador cansino de la corriente; atento el piloto a las movientes islas de barro y ramaje que las aguas criaban. Tras la chimenea, grabado en una gran placa de bronce, mostraba su femenino nombre con grandes y regulares letras:  «Charo», y debajo, Dundee, 1871. Ardió de viejo y sus restos fueron tragados por los senos cenagosos que no devuelven nada. Fink gustaba ir todos los meses a esperar su carga múltiple: sacos de arroz, paquetes de hierba; coloretes para las muchachas, perfumes baratos, jabones olorosos… Recordaba la tierra de su padre, llegado sesenta años antes del suburbio musgoso que las nieblas del Támesis protegían contra sequedad. Sus azules ojos indiferentes miran de nuevo, casi sin querer, al lllamado Schamann, que hizo gesto imperioso sobre su vaso.

***Y cuando vertía el consuetudinario ron se introdujo, afantasmado, el nuevo forastero. Un hombre alto, cargado de hombros y de años, ojos turbios de ciego; hombre de ciudad vestido de ropas inventadas por la ciudad para gente del llano. Furtivo, se situó en la parte más alejada, solo, abatido por el disimulado estudio de los llaneros, que ni siquiera hicieron silencio y presto sus cabezas volvieron suaves hacia la compaña. Únicamente el Schamann permaneció mirándole con muerta contemplación despreciativa; el pulpero lo hizo mientras se aproximaba a atenderle. Y se quedó a su lado porque le pareció enfermo y que solicitaba ayuda.

***Y a su pregunta repuso con inconexas palabras que no entendió. Extrajo papeles de su bolsillo, documentos con timbre, y el pulpero, poco amigo de inútiles curiosidades, los leyó por arriba y dio unas vueltas en sus manos. Devolviólos con mayor cortesía de la acostumbrada. Le dijo:

*****─Aquí sólo se reúne gente de bien. No le obligarán, no tenemos guitarra.

*

Y, después de la dubitación, fue a recogerse en su apoyo usual; mientras, el hombre miraba, sin tocarlo, el vaso colocado ante sí.

***Schamann, que últimamente le contemplara compasivo, dio unos lentos pasos y se puso a su lado en deseo de brindarle su protección o compañía.

***Hablaron un rato. Luego Schamann, como quien cumple un tedioso encargo, sacó un bultoso revólver y con desdeñosa tranquilidad hizo fuego, espaciadamente, dos veces. El otro, sin sorpresa en sus ojos no más que llevando una mano al pecho, se rindió al suelo.

***No revolaron los asistentes. Solamente callaron, mirando sorprendido la siguiente escena. El matador guardó tranquilo su arma, les hizo un ligero saludo, y después oyeron el galope de su caballo que se alejaba.

***Entonces se aproximaron y lo pusieron bien tendido y vieron su cara y sus ojos abiertos. Y su pecho ensangrentado.

***Uno, cuero requemado, barba de siete días, llamado Domroth, preguntó a nadie.

─¿Quién será este hombre?

El pulpero, fastidiado por la molesta complicación, dijo:

─No sé… Por su apellido, Borges, debe ser alemán ─ dudó un poco en intento de recordar los papeles que el muerto le mostrara─. O, acaso, irlandés.

*

*

Cuento de Isaac de Vega extraído del libro
"Cuentos de la Atlántida, anotlogía del cuento canario actual.
Selección y prólogo de Juan Carlos Méndez Guédez". Editorial Bandini.
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