La Muerte y los Finados en Santa Brígida

Fuente original: http://www.bienmesabe.org

La Villa de Santa Brígida sigue siendo una de las pocas localidades de la isla de Gran Canaria en donde sobrevive la vieja tradición de celebrar la fiesta de los finados: los muertos tienen aquí su fiesta en una noche olorosa, mágica y nostálgica, entre castañas asadas, nueces y anís. Una herencia que nos entregaron nuestros predecesores y que lucha, incansable, contra otros ritos modernos importados del mundo anglosajón, como el Hallowen, que nada tiene que ver con la entrañable y respetuosa velada de la que disfrutaban nuestros antepasados, cuya festividad sigue siendo hoy parte esencial de la geografía humana y de la etnografía, cálida y viviente, de Gran Canaria.

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El Día de Todos Los Santos es origen de numerosas tradiciones en Canarias. Es la fecha en la cual se visitan los cementerios, se limpian lápidas y se adornan con flores las tumbas de los seres queridos. Antiguamente, el lugar de enterramiento era el suelo de la iglesia, en un lugar preeminente, ante la capilla de un santo de su devoción o en la fosa común, según fuera la importancia del difunto y su capacidad económica. En la primitiva ermita se llegó a realizar, en 1600, el carnero (cementerio colectivo u osario). Hasta Juan Muñoz Guerra, patrono de la ermita de Santa Brígida, estableció, mediante escritura, celebrada el 20 de abril de 1578, disponer de tres sepulturas en la capilla mayor para su entierro y el de sus descendientes antes de renunciar a su condición y ceder al pueblo aquella humilde capilla alzada hacia 1524 por su difunta madre, Isabel Guerra.

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Allí se enterraron esclavos canarios o de Berbería, trabajadores de la tierra, párrocos y hasta Juan de la Coba Vivas (1543-1602), acaudalado labrador con hacienda en Pino Santo y Alcalde Real de Santa Brígida, quien en 1602 fue el primer difunto en inaugurar como sepulcro el nuevo enladrillado del coro de la parroquia. El crecimiento de la población obligó a tomar medidas sanitarias en la segunda mitad del siglo XIX, por lo que Santa Brígida habilitó, en torno a 1850, un cementerio provisional en La Alcantarilla, donde se sepultaron muchos de los cadáveres afectados por la epidemia del cólera, sustituido en 1862 por el actual camposanto. Con su puesta en servicio, la parroquia pasó a ser, solamente, sitio de oración, y el cementerio el lugar de descanso para los difuntos de la Villa. Dos guardias en el cementerio de Santa Brígida en 1930 (Archivo Particular de Pedro Socorro) Los entierros en el pueblo de Santa Brígida se caracterizaban, antiguamente, por los responsos cantados, que se prodigaban al paso del cortejo fúnebre.

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En los días de sepultura, el cuarteto religioso (cura, sochantre, sacristán y monaguillos) salía al encuentro del difunto, deudos y acompañantes, coincidiendo, en un punto concreto, que solía ser uno de los dos calvarios alzados en la periferia del casco urbano, dependiendo del poder socioeconómico del finado, o los deseos establecidos por éste para su cortejo, que constan en las distintas actas de enterramientos y testamentos que se encuentran en el Archivo Histórico Parroquial. Familiares o allegados portaban el ataúd a hombros hasta a la iglesia parroquial, dando igual que el difunto fuese del casco, que del barrio más alejado. Y, aunque la muerte a todos iguala, incluso aquí estableció la Iglesia diferentes tipos de funerales. Había entierros de 1ª, 2ª y 3ª y hasta de 4ª clase que, amén de la parafernalia escénica, establecían la calidad de la caja, el número de sacerdotes y monaguillos.

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Todo ello con sus tarifas diferenciadas. Sólo en los entierros de primera, propios de las familias pudientes, el párroco acompañaba al difunto hasta el mismo cementerio y allí en la tumba rezaba un responso. En este caso implicaba la presencia de hasta tres curas, con grandes cruces, hisopo, ciriales de plata en la casa del finado y un mayor número de responsos, hasta seis, durante su último viaje. Mientras, se encendían velas, y los monaguillos quemaban incienso. Todo ello en medio de una cuidada parsimonia sacramental. No todos los vecinos tenían una despedida con tanto boato, sobre todo si el fallecido era un pobre y sus allegados no podían hacer frente a los gastos del cortejo. Para este entierro el sacerdote se limitaba a despedir el cortejo mortuorio a las puertas de la iglesia, dándose por finalizado el acompañamiento.

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Este sepelio se denominaba oficio de sepultura, existiendo la posibilidad de que algún deudo o acompañante diera por él una limosna y el párroco accediera a ir a su encuentro en La Alcantarilla. Así aparecen algunos ejemplos en las partidas de defunciones analizadas. De que el cura no acudía al cementerio, salvo que el finado fuera de alto postín, ha quedado constancia en una sesión ordinaria del Ayuntamiento de septiembre de 1885, en la cual se afirma categóricamente: (…) el cura párroco sólo asiste al Campo Santo cuando se ofrece el enterramiento de algún cadáver a quien se le dispongan honras fúnebres de primera clase. Tan pronto las cuatro personas citadas abandonaban el templo parroquial, se iniciaba en la torre del campanario el lento doblar de las campanas a cargo del sacristán que, tirando del badajo, realizaba unos tañidos sencillos, tan pausados como sobrecogedores, mientras durase la inhumación en el cementerio, cuya operación oteaba desde la torre.

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La muerte de una persona no pasaba desapercibida para nadie en aquel pequeño pueblo que conservaba, sobre todo, el ritmo pausado de esa vida que parece intemporal, marcado por las faenas agrícolas y el cambio de las estaciones. Ningún vecino podía ser ajeno a ella y, de un modo u otro, era inexorable su activa participación en el hecho. La casa del muerto se convertía en el centro de la actividad social del pueblo, cuyos habitantes encontraban pocas oportunidades de encontrarse y reunirse, aparte de las que, eventualmente, les proporcionaba la misa o las escasas fiestas. Por el ambiente creado, parecía que el pueblo había perdido el aliento al mismo tiempo que el extinto. Era costumbre que los familiares más íntimos presenciasen la agonía del enfermo y, llegada la hora, lo amortajasen. Cuando el enfermo agravaba su estado se llamaba al sacerdote para que le diera el Viático. Dar el Viático o el sacramento de la unción de enfermo era sinónimo de muerte inminente porque sólo se recurría a este paso en última instancia.

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La gente se mostraba reacia a recurrir al párroco y, en muchas de las ocasiones, los Santos Óleos se administraban al enfermo, cuando éste era ya difunto, celebrando el ritual el sacerdote y los monaguillos, acompañados de velas encendidas. Al paso ceremonial de la fúnebre comitiva las mujeres se santiguaban, los hombres se quitaban el sombrero y bajaban la cabeza, mientras las tiendas, bares y otros establecimientos cerraban sus puertas como señal de respeto. Tradicionalmente, las mujeres no acudían al cementerio, ya que por norma general se quedaban en casa del difunto para acompañar a la familia, consolar sus penas, ayudarla a amortajar el muerto, mientras los Padrenuestros y los Dios te salve, sonaban como un murmullo entre dientes y palabras de mutuo afecto.

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Otra característica de los entierros en Santa Brígida era que, una vez en el cementerio, y antes de que el sepulturero comenzara a cubrir la fosa, todos los asistentes debían de echar un puñado de tierra sobre el féretro. Las muertes de los familiares traían, además, la moda de la ropa de negro. Antes, en aquella sociedad tan impregnada de religiosidad, los lutos eran eternos. Las mujeres, incluso las más jóvenes, se vestían completamente de negro, mientras los hombres se ponían la corbata del mismo color y un botón negro en la solapa. También existía una norma no escrita que se cumplía a rajatabla, según los vínculos familiares con el difunto. Así, cuatro años duraba el luto por una madre; aproximadamente tres años por un padre y unos seis meses por un hermano.

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Estas tradiciones se han ido perdiendo con el tiempo. Ahora no es extraño ver en los tanatorios a paisanos con camisa floreada de manga corta. Y hasta la misa de corpore in sepulto y el funeral suelen celebrarse el mismo día. Las ceremonias han variado también en su manifestación externa, desde los severos y fúnebres catafalcos, cubierto de negros crespones y lienzos negros, que se instalaban en medio del templo para celebrar los funerales, hasta la sencillez impuesta por la liturgia actual. Entierro solemne del guardia Juan Monzón en 1970 Tradición festiva. Desde siempre, la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de Difuntos han sido celebraciones religiosas muy respetadas por el pueblo grancanario.

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Era costumbre que los vecinos rindieran culto a sus difuntos y ofrecieran sufragios a las ánimas, que estaban en ese estado intermedio, el Purgatorio, desde donde las almas pueden ascender hasta el cielo, aliviadas por las plegarias de aquellos que aún están en la tierra. Muy raro era la parroquia que no poseyera entre su patrimonio pictórico un gran cuadro dedicados a las ánimas con el que decorar el templo y una cofradía para fomentar y sostener su culto. La parroquia de Santa Brígida posee hoy un valioso lienzo dedicado a las Ánimas del Purgatorio, del siglo XVIII, que cuelga en el muro colateral del Evangelio y que fue comprado a la parroquia de San Francisco de Asís de la capital grancanaria, para sustituir a otro más antiguo, que se perdió durante el incendio del templo en 1897. Y en el Archivo Histórico Parroquial hay también constancia de la existencia de la Cofradía de Ánimas, creada en 1670, siendo su primer mayordomo Juan Rivero, vecino del lugar.

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Entre las cuentas de esta asociación de carácter sacro, figuran los mil reales que pagaron sus devotos, en 1718, al pintor más importante de Gran Canaria en aquel momento, Alonso de Ortega (1660-1721), como costo del primer lienzo pedido. Una de las misiones de aquella hermandad consistía en que un grupo de unos doce o quince hombres, en su mayoría campesinos, formaban corros y se hacían acompañar de instrumentos musicales de sencillez primitiva para entonar, bien en la puerta de la parroquia a la salida de la misa, bien en casas particulares del pueblo, unos cantos típicos y especiales que los vecinos escuchaban con gran devoción y recogimiento.

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Era el Rancho de Ánimas, así llamado porque su fin era recoger limosnas para sufragios de los difuntos y para los gastos en cirios y velas de los oficios de ánimas, o de los entierros de los pobres de solemnidad que ni siquiera podían adquirir una caja mortuoria. Para estos casos, la cofradía encargó el 24 de junio de 1864 un ataúd público para transportarlos al cementerio, a cuyas dependencias retornaba luego para una posterior utilización. En un principio, estos ranchos salían por el mes de los difuntos pero, dada la cercanía de la Pascua, continuaban por estas fechas. Su misión era recaudar limosnas para decir misas por las ánimas benditas, aunque constituía una fuente divulgadora del Evangelio que llegaba a las zonas más recónditas de nuestra geografía a la vez que suponía una fuente de ingresos para la iglesia.

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La ceremonia de réquiem, con procesión, se celebraba todos los lunes del año, aparte de la misa del Día de los Finados, pagándosele al párroco y al sacristán cuatro reales por los servicios prestados. Nuestro Rancho. La existencia de esta cofradía de ánimas es muy antigua, como hemos observado, al menos desde mediados del siglo XVII ya aparecen los sucesivos gastos de las ofrendas en cirios, trigo, vino y velas de agonizar, que compraban los familiares para colocarlas junto al Altar mayor, en recuerdo de sus difuntos. El rancho de Santa Brígida estaba integrado en la cofradía mencionada, pero fue uno de los tantos desaparecidos en la Isla durante el siglo XIX. La propia cofradía dejó de funcionar en 1830, por lo que nada se conoce a través de la tradición oral de aquella agrupación musical que se ha mantenido en otros pueblos vecinos, rondando las casas al son de un repertorio de cantares y decires por las almas.

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Unas coplas o versos no escritos que se van trasmitiendo de padres a hijos, improvisados casi siempre, muestra del ingenio de los rancheros, que el canónigo Miguel Suárez Miranda estimaba como probable que fueran introducidos por los monjes franciscanos a principios del siglo XVI. Como ejemplo de una copla tenemos estos fragmentos: Ánimas que están en penas el Señor las saque de ellas Ánimas que están en penas en aquella oscuridad el Señor las saque de ellas y las lleve a descansar donde más descanso tengan Estos valiosos exponentes de la etnografía canaria aún perduran en los pueblos grancanarios de La Aldea de San Nicolás, Valsequillo y Los Arbejales, pago del municipio de Teror.

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Precisamente, el Rancho de Ánimas de Arbejales recorre desde muy antiguo el barrio de Pino Santo, según asegura uno de sus miembros y vecino actual de esta Villa, Francisco Quintana Quintana, de 89 años de edad. Este rancho, que actuó por vez primera en la parroquia de Santa Brígida el jueves 22 de diciembre de 2005, ha tenido siempre entre sus tradicionales actuaciones una salida por aquel pago satauteño. El dinero recogido en los pedidos se entregaba luego al párroco de Santa Brígida para que celebrase misas por los difuntos del pueblo, bien en la ermita de Nuestra Señora de la Salud (Pino Santo Alto), en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima (Pino Santo bajo), o bien en la parroquia.

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El Rancho de Ánimas de Teror en una actuación en 1968 Generalmente, varios componentes recorrían a pie este barrio, casi siempre un sábado por la mañana, para pedir limosnas casa por casa. Y ya a la tarde el Rancho acudía al domicilio donde pedían que actuaran en memoria de algún familiar fallecido. La limosna no siempre fue con dinero, sino también era habitual que un vecino ofreciera como promesa la cena a los cantadores. Durante más de cuarenta años, la casa de la Caldera de Pino Santo, del vecino Juan Santana Expósito, conocido por Juan Rivero el lechero de La Caldera, fue el lugar donde se preparó la cena del Rancho, a base de pan, queso, leche y el ron con miel para apaciguar las secas gargantas. Este vecino era un gran devoto, pues le vemos además donando los terrenos donde se encuentra actualmente la Ermita de Pino Santo Alto, la Plaza y la nueva Escuela, puesto que la antigua escuela era un local habilitado en la casa de Miguelito Socorro.

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En esa época se oficiaba los actos litúrgicos en ese mismo local. El párroco de la Villa era don Francisco González Vega. La comida de finados. Pero aparte del recuerdo a los difuntos, los finados también era una fecha de gran significado gastronómico, en el que se elaboraban dulces típicos y otras viandas en cualquier casa del pueblo. Hasta hace muy poco tiempo esta comida de finados en Canarias tenía tal trascendencia que no se consideraba como casa de pro aquella en que no se celebraba, recordaba en 1967, hace ya 41 años, el escritor y cronista de la Villa, Juan del Río Ayala, en un artículo publicado en El Eco de Canarias.

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Esta práctica de los banquetes funerarios tuvo su entronque en las ofrendas de pan y vino, hechas en la función de los finados o sobre las sepulturas de las iglesias canarias durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Estas ceremonias eran señaladas en cláusulas especiales impuestas por los protagonistas en sus testamentos antes de su muerte, lo que pone de manifiesto el fervor religioso y los deseos de salvación del alma, en aquellos tiempos oscuros del Antiguo Régimen. Aunque estas celebraciones, de gran boato, sólo estaban al alcance de los más poderosos, pues para el cumplimiento de estas misas, algunas de carácter perpetuo, era necesario designar varias cantidades de dinero o gravar parte de su patrimonio. La tradición de la comida de finados era eminentemente familiar.

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Consistía en una especie de merienda en la que se reunía toda la familia el Día de los Difuntos. Por la mañana se había ido a la iglesia, muy temprano, a oír misa de réquiem o novena por los finados, y se habían encendido las lamparitas de aceite o las velas, una por cada difunto familiar, ante la imagen religiosa de la casa o sobre la mesa del comedor, reviviendo el martirio de sus nostalgias. Había también en el ánimo de los presentes huecos para la tristeza, para el desasosiego, para las interrogaciones, y para el llanto desconsolado y liberador. Ya, a la tardecita, la madre o la abuela contaban anécdotas o recuerdos de los finados, haciéndolos presentes con sus palabras junto a la mesa, donde se había preparado el condumio, consistente en torrijas con miel de caña, nueces, castañas asadas, higos pasados, acompañado todo con vino, con anisado, o con el célebre mejuje, hecho con ron, miel de abeja y corteza de naranja.

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En verdad, tenía todos los visos de una comida ritual: Se hablaba poco, se rezaba y los abuelos suspiraban pensando si llegarían a la comida del año próximo. Mientras, en la sala oscurecida por la llegada de la noche, si es que la luna no lo remediaba, lucían y crepitaban las lamparitas de aceite en honor de los muertos. Así comenzaba la noche de difuntos con el insistente doblar de las campanas, cuyos toques de ánimas parecían suspiros lastimeros. Esta costumbre ancestral se perdió hace muchos años, relegada a determinados hogares de la Vega de Enmedio, que celebraban los finados en la intimidad familiar con los primeros fríos de noviembre. Ya en época más reciente, recordamos los años de infancia en que los chiquillos gozábamos de estos días y salíamos a pedir por los finados, auténticas rondas por casas y fincas cercanas… y aquel dicho popular relacionado con la fiesta, que repetíamos para fastidio de algunos: ¿Quieres castañas?, el burro las caga y tú las apañas.

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Todos daban nueces, huevos, almendras, higos pasados, manzanas francesas, como un tributo en recuerdo y homenaje a los finados, que servía para las reuniones familiares, en jornada de recogimiento. Y parece que veo aún a Maruca, mi abuela, provista de una caña con una pelota de trapo en un extremo, remover lentamente el grano en una vieja lata de galletas agujereada, hasta dar el exacto dorado al millo y convertirlo en cochafisco que comíamos, tostado y calentito, fascinados de aquella nueva experiencia. Fue en 1995, cuando aquella íntima celebración de los finados, arraigada a nuestro folclore y al alma de la Isla, superó el ámbito familiar para trasladar, parte del rito, a la calle, como una forma de brindar por la salud de los difuntos.

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Fue gracias a la iniciativa de un grupo de vecinos del barrio de El Madroñal, en la Vega de Enmedio, auspiciado por el Ayuntamiento, que casi enlazaron sus fiestas invernales del Pilar con la conmemoración de los finados, aunque sin el recogimiento y el fervor que lo sustentaba hasta entonces, y a imagen y semejanza de los festejos que ya tenían lugar en la finca de Osorio, en Teror, en forma de asadero de castañas popular. El Rancho de Animas de La Aldea en la parroquia de Santa Brígida en el año 2005 Como ritual de aquella primera fiesta de carácter comunitario, el Alcalde de la Vega de Arriba (San Mateo), Miguel Hidalgo Sánchez, y el de Abajo (Santa Brígida), Manuel Galindo Ramos, se intercambiaron productos de la tierra, recordando al mismo tiempo los trueques de artesanía por fruta que antaño hacían las talayeras cuando acudían, cargadas de vasijas en la cabeza, hasta la Vega de Arriba. Manzanas, castañas y nueces trajeron desde la Vega; vino, miel y bizcochos lustrados de la Fonda Melián, complementaron los de la Villa. Una costumbre entre estas dos localidades vecinas que hasta 1800 formaban un mismo pueblo, una misma identidad.

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El éxito de la recuperación de esta costumbre etnográfica y cultural fue tal que la plaza del Madroñal se hizo pequeña para absorber a tanta gente, lo que motivó que el Ayuntamiento trasladara al casco municipal el evento cuatro años después, a la sombra evangélica de los árboles del parque municipal y en medio de un gran jolgorio, entre isas y folías que más parece recordar el viejo refrán del muerto al hoyo y el vivo al bollo, nunca mejor dicho, por los deliciosos dulces de anís que se reparten. Hoy día, esta la fiesta de Los Finados sigue celebrándose en el casco y en aquel pago de la Vega de Enmedio, pero revivida con tanto ardor y alegría que ya nadie desea retroceder a mentalidades cuyas concepciones sobre el más allá están cargadas de purgatorios e infiernos.

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Una herencia que hay que procurar que ritos extranjeros, la llamada globalización cultural a la que estamos asistiendo, o sencillamente el desamor, no lesionen, porque dañarían con ello el patrimonio espiritual y los sabores que el tiempo nos ha legado.

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Otros enlaces de interés:

Ranco de ánimas de Valsequillo, información sobre los Ranchos de Ánimas, sobre los ranchos de ánimas y de Pascua

 

Bibliografía y Fuentes.

ALZOLA, José Miguel. La Navidad en Gran Canaria. Las Palmas de G.C., 1982. – ARBELO GARCÍA, Adolfo. Las mentalidades en Canarias en la crisis del Antiguo Régimen. Tenerife, 1998. – BATLLORI Y LORENZO, J. “Los Finados (Fiestas populares canarias)”. Diario de Las Palmas, viernes 31 de octubre de 1930. – NAVARRO, José Domingo. Recuerdos de un noventón. Las Palmas, 1985. – Archivo Histórico de la Parroquia de Santa Brígida. Libro de Cuentas de la Cofradía de Ánimas (11 de agosto de 1676 al 30 de abril de 1830) y libros de defunciones desde el siglo XVI al XIX. Archivo Histórico Diocesano de Las Palmas. – El Eco de Canarias, 28 de octubre de 1967, martes 2 de noviembre de 1982 y 5 de diciembre de 1969. Hemeroteca del Museo Canario. – El Progreso (Diario Republicano Autonomista), de fecha 1 de noviembre de 1928. Biblioteca Digital de la Universidad de Las Palmas de G. C. – Gaceta de Tenerife (Diario Católico de Información), 2 de noviembre de 1911. Biblioteca Digital de la Universidad de Las Palmas de G. C. – “El Rancho de Ánimas”. Falange, 3 de enero de 1943. Miguel Suárez Miranda. – “El Rancho de Ánimas de Teror”. La Provincia, miércoles 18 de noviembre de 1992. Vicente Hernández, cronista de Teror. – Diario de Las Palmas. “Los Finados”. Santiago Ibero. Martes 4 de noviembre de 1902. – La Provincia, miércoles 17 de noviembre de 1993. Fernando Ramírez. “El viernes, celebración de la caída de la castaña en la finca de Osorio”.

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