Gata Zinc

Sigilosa sobre el tejado.

Se marchó y dejó las sábanas tiradas

por el pasillo,

el pintalabios abierto

sobre la mesilla de noche y unos extraños

utensilios de cortar sobre la cama.

En la cocina

las ascuas en el horno

murmuraban inquietas,

el pan dormía a fuego lento

y la leche se ponía las gafas de lejos

para leer en la nevera:

“No me llames, ya lo haré yo.

Y disculpa por la cicatriz del pecho”.

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