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Un mal día para el pez aguja

Olbinski

El último suceso lo llevó a encerrarse en sí mismo.
Mira con familiaridad uno de los cuadros que decora la estancia. Su frágil memoria comienza a dibujar algo parecido a un recuerdo.

No sabe la razón pero debe darse prisa pues el goteo imaginario de la clepsidra comienza a patentar el rumor de sus latidos.

En la tormenta librada en su cabeza las imágenes se proyectan: un velero, la fértil e irregular línea de la playa, el vaivén de la eterna melodía salina, los sonidos -siempre exóticos- de la costa…

No encuentra explicación a la sensación de angustia. La ansiedad de la prisa lo apresa.

El suave aleteo con el que acaricia el aire hace caer uno de los ejemplares que pueblan la estantería. La tormenta comienza a disiparse, retazos de lo que parecen recuerdos intentan encajar, pero aparentan ser piezas de distintos puzzles.

Se interroga: ¿qué hago en esta biblioteca? ¿Por qué nado sin mar? Sabe que no hay tiempo. Las imágenes comienzan a relacionarse sobre el lienzo mostrando fragmentos de lo vivido:

Llegaron persiguiendo un barco de vela. Las ráfagas de viento acariciaban el lomo del océano modelando la curvatura de las olas. El cielo continuaba imitando al perpetuo salino mostrándose en todo su esplendor.
Atraídos por el restaurante junto a la playa, se acercaron con intención de escuchar aquel ignoto sonido. Ambos, él y su amigo -el pez aguja-, contemplaban -maravillados- el espectáculo.
El pez aguja -hipnotizado por una nueva pieza musical- decidió acercarse. Él lo advertía, pero era inútil, aquella melodía lo entregaba directo a las piedras, de nada servían sus histéricos aleteos.
Una vez al pie del restaurante -y entre las rocas- sobresalió del nivel del mar ofreciendo su esbelta figura. Se contoneaba de un lado hacia otro imitando el balanceo de las algas e intentando acompasar su cuerpo al de la armónica musicalidad de las notas. Cuando nadaba con todas sus fuerzas hacia su compañero sucedió. El pez aguja surcó el aire desde el interior de una red, incluso apresado parecía continuar con su particular danza. Se lo llevaron al interior del restaurante, estaba perdido. Al poco pudo ver cómo lo introducían en una pecera con vistas al mar. Su amigo había pasado de ser un pez a un pescado. Dentro de la pecera continuaba interpretando aquella maldita danza sobrepasando la línea que separa el medio acuático del terrestre. Las personas se agolpaban alrededor y observaban con curiosidad. Cuando éstas dejaron de mirar el pescado aguja se desplomó inerte precipitándose hacia el fondo de la pecera…

Aparta la mirada del cuadro, las imágenes se evaporan, la estancia comienza a derrumbarse. Siente como anzuelos se clavan en sus escamas.

Despierta sobre suaves lavas almohadilladas que se extienden dotando de uniformidad el fondo marino. Pronto volverá a olvidar. Intentará atesorar el recuerdo, pero será tan inútil como llorar bajo el mar.

Resto de peces:

http://visionesdelaluna.blogspot.com/2009/11/hospital-de-almas.html

http://momentosdelucesysombras.blogspot.com/2009/11/el-viaje.html

Imagen:

Olbinsky

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  1. JAVIERHF
    noviembre 11, 2009 en 1:41 am

    “Su frágil memoria comienza a dibujar algo parecido a un recuerdo.”

    Frágil memoria
    bajo los dientes de cristal
    de sus ojos azules

    Me gusta el relato, la idea, el corto cinematográfico al que podría dar pie. Creo que le faltan algunas pinceladas, algunas agujas que, además de caña y anzuelo, tejan firme la red de pesca. Además, al fondo del restaurante, tras la barra, en el centro de la cocina, oigo cantar tristes canciones a un cocinero francés mientras el pinche chino mira con cándidos ojos a un perro que vuela por la ventana.

  2. noviembre 13, 2009 en 12:15 am

    Me gusta la idea de este pez que parece estar perdido entre recuerdos que le obligaron a encerrarse en sí mismo: ¿la pesca de su amigo?… Hay frases bellas; el caerse un libro, mirar el cuadro y recordar lo que a continuación relata como si fuera un cuento, me parece bien hilado; la danza tras ser pescado…
    Sin embargo creo que está sin terminar. Hay algo que no encaja del todo. No acabo de ver el final claro. ¿Está muerto el pez que se queda en el fondo o sólo triste por su amigo pescado?
    (A lo mejor estoy algo “espesa”)
    Bss.

  3. R. Alzala
    noviembre 13, 2009 en 1:48 pm

    Confieso que tampoco lo entendía. Peco del intento de acortar hasta el límite, dar rienda a la creatividad del lector, queste rellene los huecos quedos en los vacíos neblinosos que habitan esta maldita calabaza.
    Admito el apoyo extremo en la imagen -no literaria, la otra-, pero ya saben el dicho: “una imagen vale más que mil palabras” -aunque este universal dictum se ofrezca a debate-.
    Habré fracasado en mi propósito si ella, la reina de las sirenas, sólo advierte en estas palabras una sucesión de bellas frases bien hiladas.
    Mi buen amigo -el pez aguja- yace en el fondo de una pecera y ella interroga a los piercing que los anzuelos abrieron en mis escamas.

    [*No está muerto, está jodido porque su frágil memoria será incapaz de retener el suceso.
    **Javo voy a buscarte un disfraz de pez aguja, te tocó jejeje.
    ***Gracias por el paso.]

  1. noviembre 10, 2009 en 12:48 am

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