Essex

Abro los ojos, la primera visión se presenta en forma de botella. Una botella de sinuosas curvas y refrescante agua mineral. Doy, por inercia, un trago de transparente y refrescante líquido; de la misma manera que, por inercia, todos los días sin necesidad de despertador repito el mismo ritual a la misma hora. Mi cuerpo se desplaza como recién salido del k.o, acompañado por mi mano que atraviesa la penumbra hasta llegar a la pared. Parezco un crío que apenas comienza a dar sus primeros pasos: desorientado, torpe. Acaricio la tela, para acto seguido, con un impulso seco, correr y descorrer (como de costumbre la cortina quedará atorada en algún punto del trayecto), batir los pernos, abrir la ventana y el gato. El gato se cuela, es como una bala de pelos, un tiro en blanco y negro tirando a gris. Apenas se detiene para rugir junto a la cama, me mira, comienza a re-re-re-recorrer la casa. Invito al día a entrar en el dormidero como se invita a una mujer a beber daiquiris. Salgo por la ventana y accedo a la te-te-te-terraza (como tantas mañanas).

Fuera es el invierno y ahora que, de manera inexorable, mis pasos me alejan de la calefacción, el frío cobra prota-ta-ta-ta-gonismo. Llego al instante en el que la línea protectora detiene el impulso de continuar el movimiento primero. Observo, es temprano. La ciudad apenas ha comenzado a desperezarse: algún vehículo, algún peatón, mar en calma. Los rayos de luz se filtran entre los edificios, rompen mi línea de percepción, a la vez que, por momentos, ofrecen su función calorífica. La primavera debe encontrarse en algún lugar entre la vivienda de enfrente y el edificio del fondo. Soy incapaz de calcular su posición exacta, como las conyugales. Nunca sabes exactamente el porqué, salvo que la encharques sobremanera, entonces sí. Pero lo normal e incomprensible (y aquí pongo voz femenina) son los: “no es por ti, es por mí, ya sabes mi marido, soy incapaz de dejarlo” o “te mereces a alguien mejor que yo” o “deberías beber menos hijo de perra me has destrozado el coche”.

Alongo estos 77 kgs de decepción y fracaso. Atravieso, en parte, la línea protectora, la línea salvadora que evita una unión no deseada con el asfalto. Desde esta posición privilegiada la veo pasear. Mismo horario idénticos días, la razón para enfrentarme a la mañana. Sus andares me entretienen, un día de estos conseguirá que mi cuello se descoyunte. Atraviesa de babor a estribor la calle con elegancia felina. Yo disfruto de su aparición en escena como quien disfruta de una buena obra de teatro. Suele llevar el paraguas abierto aunque no llueva, su piel aparenta ser tan sensible a los rayos de luz… Su abrigo almidonado protegiendo sus encantos, un tocado coronando su cabello… Todo en ella es deleite pero ese contoneo… Aristóteles llamaría forma a su peculiar contoneo, la forma de Colette… Una de sus cualidades, sus cualidades… De la misma manera que una de las formas de la gallina es su habilidad para aletear o cacarear… La única forma que conozco de Colette es su habilidad para contonearse como si surcase de proa a popa, manteniendo el equilibrio con un estilo sobrenatural, la cubierta de un velero: el Cutty Sark o el Bounty o el Essex.

El viento sur la transporta hacia el borde de la acera, parece tan grácil en sus movimientos que, por momentos, más que pasear es como si elevase su figura para luego tomar tierra en suave planeo. Con esa elegancia evita charcos, desniveles y cualquier accidente urbano. A veces temo que una racha de viento se la lleve para siempre.
La escena concluye cuando el sonido de sus pasos la oculta en la esquina entre Naval y Sanapú. Nuestro particular horizonte.
En este momento puedo intuir su trasero, se detuvo. Es posible que hable con algún conocido. Intento sacar mi cuerpo un poco más ignorando la línea protectora. Los rayos de sol me ciegan, parecen establecer un marcaje implacable sobre mis movimientos. Un poco más, termino de liberar el cuerpo y la visión. Tras la esquina se intuyen sus encantos en el interior de ese traje que realza su figura. No consigo otear su espalda, siempre cubierta, nívea como el lomo de un narval dejando al descubierto ese aguijón tan sensual; esa marca de nacimiento a galope entre un tatuaje y una mancha de la piel. Pensar en tatuaje es pensar en Alex, mi amor, y el felino impreso en tinta subcutánea en la parte anterior de su cuello. El sol vuelve a darme caza, consigue deslumbrarme por enésima vez. No consigo un respiro y Alex en mi cabeza y Alex mi vida y la forma de Alex y su forma de acariciar y su forma de besar y su forma de amar y Alex mi amor o era Laura, es lo mismo: todas las mujeres una mujer; y la traición en el Bounty y el Cutty arde y el Essex. El Essex es partido a la mitad por la embestida de un cachalote y la tripulación intenta salvar la vida saltando por la borda y el cielo ahora despejado y el azul y el gris.

Otros naufragios:

http://visionesdelaluna.blogspot.com/2009/12/razones-de-vida.html

http://momentosdelucesysombras.blogspot.com/2009/12/ni-de-unos-ni-de-otros.html

Imagen: Richard Avedon

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  1. diciembre 10, 2009 en 4:36 pm

    Bonito relato urbanonaútico. Atrapa hasta el final aunque me perdí por un breve momento. Buen final resuelto en tres renglones.

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