Fusión

Un nacimiento y una muerte circundaban el aire. Lo sabían los animales y el druida. Siempre fue así, una ley insondable atestiguada con el paso del tiempo.

La noche toca la puerta del día, mientras Andrés, sin escuchar ruidos, sin saber el motivo mira por encima del libro y ve, a través del ventanal de su salón, un inmenso océano de pájaros silenciosos huyendo de Nisparia, su isla. A lo lejos, observa una barca navegando por el lago. Ni un ruido. Los ojos pareciera que se le fueran a separar de sus cuencas. Alucina. Se levanta del sillón y queriendo gritar, empieza a llorar. Se apoya en el cristal y recuerda la novela: el nacimiento del bebé y su madre muerta, representa un instante hermosamente telúrico. Ella volverá a la tierra, de donde vino, él quedará. Todos lo cuidarán; pero será él quien decida qué hacer, cuando haya que hacerlo. Muchos ya se fueron del pueblo y nunca más volvieron; otros sí, pero ya con el mundo conocido, viajes sobre su espalda, diferentes soles bañaron su piel. Y nada fue lo mismo.

El rito de nacimiento del pequeño fue presidido por la bruja que, en su afán profético, ha dicho que el pequeño es el futuro; que la estirpe continúa. Ha lanzado humo del puro aromático que fumaba al aire y comenzó a llover, padeciendo un especie de trance mágico; todos iniciaron el ritual de la danza alrededor de la madre que luchaba en un cobertizo. La danza es señal de buena suerte y de agasajo de cuerpo y mente para el que llega.

Suena el teléfono en el salón, Andrés intenta recomponerse, lo coge y es su padre. El revuelo es considerable. Todos lo han visto: la bandada de pájaros anuncia el fin de la aurora; el entierro tendrá lugar en dos horas.

Nayala, la madre, falleció el día del parto; en mitad del rito. Unas fuertes fiebres la venían persiguiendo, como serpientes con sed y han acabado aquí su cometido. Quedará aquí por siempre, junto al temascal; su esencia volverá al punto de partida, volverá a ser nutriente de la tierra que su hijo pisará algún día, aire que insufle su ser, o el de sus nietos; agua corrompiendo el espacio y las fronteras.

Vuelve a sonar el teléfono, mal día para leer, Andrés, se dice, lanzando un suspiro al aire.

– Ha muerto Brisa, ¿lo sabías?
– Si.
– ¿Dónde es el entierro?
– No lo sé.

Se levanta y vuelve a apoyar sus manos en el ventanal. Es un día oscuro, con nubes angustiadas que se agolpan las unas sobre las otras. El pino del jardín se mantiene rígido, inquebrantable al viento que aúlla tras su espalda. Es un día hermoso para morirse, piensa. Llama.

– Carlos, el entierro será en mi casa.
– ¿Qué?
– Si, en mi casa, debajo del pino. Hoy es un día hermoso para morirse, a mamá siempre le gustó el pino y siempre disfrutó de días así. ¿Te acuerdas?
– Joder, Andrés, vete a la mierda…
– Que sí…será aquí…será aire, será tierra, será agua y sol. Mamá será feliz aquí.

Painal, el de los pies ligeros, ya es un chico fuerte y valeroso que parece haber conocido el amor. Se ve, a hurtadillas, con una chica Hiuhtonal, luz preciosa, y un hombre le cuenta la historia de su madre. Su muerte y su valor; él desconocía tal hecho y siente miedo. Miedo de perder en la lucha con la naturaleza, miedo de la cábala que como loza desconocida tenía en su interior y ahora acaba de ser desvelada.

El druida le da el secreto, debe acudir a la casa del bosque, junto al lago. Debe entrar en la casa y hablar con el alquimista después de la desbandada de los pájaros; sólo así descansará.

Lo hace. Entra en la casa muy asustado, esconde el machete en un costado y comienza a subir por una escalera de caracol. Entra en una habitación; hay un hombre llorando junto a un ventanal, su madre a muerto y quiere enterrarla en el jardín de su casa.

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  1. Yazmina
    enero 25, 2010 en 11:08 am

    está muy logrado para ser la primera vez que haces un texto de este tipo. Me gusta mucho pequeño cortazilla.

    Un beso grande.

  2. R. Alzala
    enero 26, 2010 en 12:52 am

    Brisaaaaaaaaaaaaaa, bien por esa transposición de planos y el homenaje.
    Necesitaría lecturas sucesivas pero la primera sensación de extrañeza me la provocan los tiempos verbales.
    De resto la idea, el tema, me sobrecogen.
    Un abrazo, aguante Fetasiano.

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