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Cuento (Extracto)

(…)

Un canto que edulcora un grito y lo abraza. Un esfuerzo desmedido de una madre a punto de dar a luz. Y un grupo alrededor, rodeándola, celebran a coro. Treinta o cuarenta personas adorando al bienvenido, deseándole caricias y buenaventura. Todos murmuran sobre la valentía y juventud de la madre. Está dentro de un chamizo hecho con cañas y troncos, hay, además, junto a ella tres mujeres que la ayudan y jalean. En la entrada, otras dos rezan por el que llega; también por la que se va. Es increíble como brama. Como sabe que  su época se acaba. Una señora recorre el recinto saltando, ajena a la algarabía  mientras mueve un sahumerio, fuma una especie de puro y lanza su humo al aire; para finalmente, quedarse petrificada, mirando al infinito azul de arriba. No estará solo el pequeño Ali, el que se acomoda a las circunstancias, todos estaremos a su lado, Aruma, mujer de la noche. Sé feliz. Cuida de nosotros a donde quiera que vayas.

Las nubes bajas presagian lluvia. El contacto con los cedros, las caobas, y las ceibas, al arrullo de los berzales traerán lluvias, presumiblemente intensas porque hace dos horas las zancudas se alejaban, nómadas del aire. A lo lejos se presiente el rumor de la cascada del gran Ankuwillka, indomable, constante como el Sol. Un precipicio de 150 metros, un inmolarse del agua, para seguir su camino.

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Fusión

Un nacimiento y una muerte circundaban el aire. Lo sabían los animales y el druida. Siempre fue así, una ley insondable atestiguada con el paso del tiempo.

La noche toca la puerta del día, mientras Andrés, sin escuchar ruidos, sin saber el motivo mira por encima del libro y ve, a través del ventanal de su salón, un inmenso océano de pájaros silenciosos huyendo de Nisparia, su isla. A lo lejos, observa una barca navegando por el lago. Ni un ruido. Los ojos pareciera que se le fueran a separar de sus cuencas. Alucina. Se levanta del sillón y queriendo gritar, empieza a llorar. Se apoya en el cristal y recuerda la novela: el nacimiento del bebé y su madre muerta, representa un instante hermosamente telúrico. Ella volverá a la tierra, de donde vino, él quedará. Todos lo cuidarán; pero será él quien decida qué hacer, cuando haya que hacerlo. Muchos ya se fueron del pueblo y nunca más volvieron; otros sí, pero ya con el mundo conocido, viajes sobre su espalda, diferentes soles bañaron su piel. Y nada fue lo mismo.

El rito de nacimiento del pequeño fue presidido por la bruja que, en su afán profético, ha dicho que el pequeño es el futuro; que la estirpe continúa. Ha lanzado humo del puro aromático que fumaba al aire y comenzó a llover, padeciendo un especie de trance mágico; todos iniciaron el ritual de la danza alrededor de la madre que luchaba en un cobertizo. La danza es señal de buena suerte y de agasajo de cuerpo y mente para el que llega.

Suena el teléfono en el salón, Andrés intenta recomponerse, lo coge y es su padre. El revuelo es considerable. Todos lo han visto: la bandada de pájaros anuncia el fin de la aurora; el entierro tendrá lugar en dos horas.

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Una foto, un segundo: vidas

Una mujer flaca entra en la oficina de Correos. Pantalones anchos azules, no se le ven los pies, pero se intuye que va en sandalias. Es morena, tiene una trenza que comienza en la mitad de la raya del pelo y le cae hacia la oreja izquierda; lugar en donde asoman algunas canas. Debe tener alrededor de cuarenta años.
No estamos solos. Se sienta a mi lado y comienza a abrir un paquetito de fotos. Las mira frenéticamente; son de platos de comida y de lugares de una casa: del salón, de la cocina, del dormitorio, del balcón. Desde ahí se observa el mar. Es una casa preciosa, detallada. La chica, de pronto, se para delante de una foto. La velocidad con que iba se redujo al máximo. Quedó congelada. Como si un rayo hubiera caído sobre su cabeza. Es un niño. Un niño muy guapo de unos cinco años. La mujer hizo un ruido y, por primera vez la miro sin temor. Está llorando. Nadie parece percatarse de eso. Un chico, de pie, oye música ajeno a todo y una señora mayor espera angustiada a que le toque su turno. La mujer, rápidamente, seca sus lágrimas con la mano. Se queda absorta mirando al frente, pero ese tipo de mirada en la que no se ve nada, en que estás flotando, con el cuerpo presente.
Instantáneamente veo que sale a la calle a fumar un cigarro y a dar vueltas. La sigo. A lo lejos, alejándose del mundo, atino a comprobar cómo tira el paquetito de fotos entero a la basura, todas menos una que se la aproxima al pecho y grita:

¿Por qué tú, mi amor? ¡Mierda de vida!

Y desaparece. Algunas vecinas se asomaron a las ventanas de sus casas al oír el grito. Mientras, impresionado, regreso a la oficina pero escribo otra carta sobre la marcha; Finalmente acepto; Daniela me voy a vivir a Escocia contigo.

Memorias

Me voy a morir. Ayer en el sanatorio me detectaron tuberculosis. La muerte, en ocasiones, es algo que se percibe. Mucha gente muere por eso y yo no voy a ser menos. Quiero que mi vida tenga trascendencia. Ser recordado por los hijos de mis nietos. Propongo viajar a través de la vivencia que marcó mi destino.

Un día, en un rincón del bazar, tirado junto a unas latas y resto de comida podrida encontré unos papeles arrugados. Era un texto escrito en castellano antiguo. Lo leí, era corto y le faltaban las primeras páginas. No había oído hablar de él. Busqué, intentar saber más; descubrir –quizás- si alguien los había publicado. Nada. Ni una nota. Ni un detalle. Volví durante una semana, todos los días, a aquel lugar y jamás supe de quién era.

Un texto sin principio y con un grandioso final. Todavía lo tengo, si a alguien le interesa. Está en una caja azul debajo de mi cama, junto a mi pluma y dos piedras de la suerte. El título y el inicio lo escribí yo. Cantar del Mío Cid. Cuenta la leyenda de un héroe, Rodrigo Díaz de Vivar, y su lucha por recuperar su honor…

Lo mismo que pretendo yo con esa declaración.

Un segundo definitivo

Lo recuerdo y miro hacia atrás y es como si empezase a morir de nuevo. No puedo entender qué provocó en mí aquel arrebato. Aquella furia que concluyó tras el resplandor. Como un grito en mitad de la selva. No me lo explico. Pero pago por ello en un segundo tatuado para siempre. Tengo un estigma que quiero arrancar de mi piel, pero no sé como hacerlo. Estoy encerrado, rodeado de hijos de puta. Lo más asqueroso de la sociedad, lo más mezquino, vil y enfermo me rodea. Sienten mi aliento, mi baba colgando al dormir, el olor de mi sobaco apestoso de mitad de agosto y sin sombra. Pero es lo que hay, la vida tiene estas cosas. Un mal pronto, una estupidez eterna. Vivo en la espiral que sólo conduce a ese instante. Maté a un tipo. Lo reventé a patadas en un ataque de ira acumulado que desconocía. Estoy en la cárcel, como habrán entendido. Y entiendo que me vean, sobre todo la familia del tipo, como al mayor hijo de la gran puta que hayan conocido. Es lo lógico. A la vez es imposible ponerme en su piel, saber cómo se sienten al recibir la noticia. No pretendo su perdón, sé que nunca lo tendré, cómo también sé que aprenderé a vivir con ese segundo tatuado en mi sien. Sólo pretendo…sólo quiero dar a conocer a alguien, quién sea, mi historia.

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Un piano gritando en la noche

Disculpen, al oírles me sentí uno de ustedes. Recordé sueños y dolores al sentir su respiración agitada tras la puerta. Su música y la algarabía del ron me hablaban. El estremecimiento de un piano en una noche silenciosa es demoledor. Un piano gritando en la noche es un refugio magistral. Un recuerdo angosto donde pararme a vivir. Una vivencia pasada que ahora regresa.

Yo antes no era así; escribía notitas a mujeres que no lo entendían, me cuidaba la espalda menos de lo que debía, por eso recibí puñaladas de amigos que estuvieron conmigo borrachos y aprendí a tocar el piano. Vagué mucho, pero al final conseguí un buen trabajo, soy transportista de libros. Los quito de aquí, para venderlos allí. En cierta manera soy un repartidor. Bueno, ahora que parece que cogemos confianza, robo libros por una cantidad, para que otro tipo lo venda de segunda mano. Pero me va bien. Mira, aquí tengo uno… ¿quieres leer Parte de una historia de Aldecoa? Es un libro excelente. Pero claro, ahora te da igual. Estás en una fiesta. El alcohol nutre y gana el pulso a cualquier cosa. Solo quieres follar, ¿verdad? Te entiendo. Si estás ahí, haciendo el tonto es por ese motivo. Yo tampoco hubiera querido nada más. Pero pasa el tiempo y las cosas se equilibran. Te acabarás dando cuenta. Disfruta del momento, porque es cojonudo. Vive, siente el piano, baila agarrado a la chica o a la botella. Descojónate. Yo, al verles me emocioné y me toqué la oreja. El pendiente es el único resquicio que me recuerda lo que fui.

Espero que lo pasen bien ahí dentro. Vivo encima del bar de la esquina. Quedan invitados a mi casa. Sólo oí el piano y me dejé llevar hasta esta ventana desde donde los observo, junto al jardincito de la entrada. Ahí estoy escondido.

Discurso *

Hola, buenas tardes a todos. Alguien hace tiempo me dijo algo precioso. Había decidido dedicarse a la docencia, con la intención de rescatar a los 3-4 niños de cada clase que se interesan por las letras, porque en su caso, ella había sido una de las evacuadas. Esa revelación me la guardé hasta hoy. Aquí, delante de todos ustedes, propongo que juguemos a ver a unos niños en edad del pavo recibiendo a un tipo alto, pelo rizado y gafas. El tipo tiene voz grave, se aproxima a su mesa y tropieza. Los chicos sonríen y él también. Está nervioso. Se sienta y mientras se presenta piensa en el número de ojos que lo están mirando. Justo lo que estoy pensando yo ahora. Todos a una abren el libro de Lengua Castellana y Literatura, pero al ver las caras de los chicos piensa que el martirio es excesivo en el primer día de clase. Así que entrega unas fotocopias donde hay poemas de Walt Whitman, Pere Gimferrer, Charles Bukowski, Ángel González, Luis García Montero, Roger Wolfe, Pedro Lezcano y Pedro Flores. Ya habrá tiempo, a lo largo del curso, de leer a Quevedo, Góngora y los grandes y extraordinarios clásicos. El tipo adora a las palabras y quiere inculcar eso. Considera que a través de estos autores los chicos verán la poesía desde otra perspectiva. Luego, cuando el curso avance ya habrá tiempo de profundizar y tratar de desenmarañar otros textos. Pide que alguien los lea en alto y, ante el evidente entusiasmo, es él quien empieza:

Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.

Donde tengo el amor, toco la herida.

Donde pongo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.

Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza.

Al siempre va. Mantengo mi postura.

Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.

LA VIDA EN JUEGO, Ángel González

Nadie le hizo caso al profesor. A todos, menos a dos, les dio lo mismo. Pero esos dos de una manera o de otra acababan de observar cómo se derriba una puerta imaginaria. Como en su cabeza comenzaban a bullir libros y tipos que escriben libros y dicen cosas que nunca han pensado, pero que una vez oídas resultan encantadoras y emocionantes. Y un día ese chico o esa chica, -quizás por ese instante- en su habitación, a oscuras, se vea escribiendo y ya las ideas cambien de color. Poco a poco el magma intenso, la lluvia que recorre su mente para descender hasta el folio comienza a dibujar su cuerpo y su figura.

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